Portada del relato El susurro de las lunas doradas
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Fragmento:


Entró en la torre como entra la noche: sin previo aviso, desplazando el aire a su alrededor, iluminado apenas por el fulgor azul en el filo de su espada. Erian no se volvió de inmediato, porque ya lo sentía acercarse, su silueta marcada en la maraña de su magia.

Duración: 08:38

El susurro de las lunas doradas
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Texto de ajuste de pausa.

La noche llegó a la ciudadela de Lysandos como una mariposa titilante, vestida de indigo y plata, rozando los balcones y encendiendo a su paso mil murmullos secretos. En la alta torre que desafiaba tanto a las tempestades como a la mirada de los dioses, Erian esperaba, sentada en la ventana, con los pies colgando sobre la promesa de la caída y el cabello ondeando como una bandera oscura.

Erian, la hechicera, la temida, la jardinera enferma de melancolía. Así la llamaban abajo los que no se atrevían a subir hasta la torre: temían sus ojos grises como el cielo antes de romperse en tormenta, temían los anillos de plata y hueso en sus manos, temían lo que podía florecer con un simple movimiento de sus dedos. Pero no temían, quizás, el hambre sorda de amor que la consumía desde adentro, en la región dolorida de su pecho donde ninguna herida cicatrizaba.

El aire nocturno era denso con los aromas de sus propios hechizos: lilas que nunca morían, claveles perpetuamente húmedos, jazmines blancos ocultos en la penumbra. Los jardines colgantes sabían más de ella que cualquier amante posible, pero ni siquiera las flores podían enjugar la rabia y el anhelo ardiente que le arrastraba el alma.

Resultaba casi divertido, pensó Erian, que en una ciudad infestada de prodigios ella hubiera elegido el más humano de todos los sufrimientos: amar y no ser amada. Porque lo amaba a él, aunque no pudiera confesarlo ni bajo tortura, ni aunque alguien le robara los sueños y los sacara a relucir bajo la luna. Lo amaba, sí, y esa noche sabía que él vendría, pues así lo marcaba la runa invertida sobre el vidrio empañado, así lo anunciaban los pétalos caídos en la alfombra.

La ciudadela temía a Erian, pero temía todavía más a Tharion de Varkhal, el cazador de bestias, el hombre vestido de sombra, el traidor que podía caminar entre los monumentos encantados sin que las estatuas le vigilaran. Nadie supo nunca si era amante de la oscuridad o si solo era su prisionero, pero bastaba con verlo aparecer para que hasta los dragones dormidos aguzaran los oídos.

Entró en la torre como entra la noche: sin previo aviso, desplazando el aire a su alrededor, iluminado apenas por el fulgor azul en el filo de su espada. Erian no se volvió de inmediato, porque ya lo sentía acercarse, su silueta marcada en la maraña de su magia.

—Viniste —dijo ella, y no fue una pregunta.

Tharion no respondió. Había algo en sus ojos azules, ese azul de hielo de río partido, que a veces la tentaba a arrojarle todos sus encantamientos y otras veces le inspiraba solo a callar. Su capa arrastraba polvo y olor a bosque salvaje, un recordatorio de que, antes de pertenecer a la ciudadela, pertenecía a la intemperie.

—Había rumores de nuevas maldiciones —murmuró él, acercándose, los labios endurecidos por la costumbre de no besar nunca nada—. Dicen que los lirios han empezado a susurrar nombres en la brisa.

Erian recogió una de las trenzas de su cabello y jugó con ella. Era extraño cómo, a veces, las palabras más vulgares podían sonar a sortilegio en un lugar como ese.

—Las flores siempre cuentan la verdad si sabes escucharlas —replicó—. ¿No crees, Tharion? ¿O temes escuchar la verdad de mi jardín?

Los ojos de él se afilaron, y por un instante la distancia entre ambos pareció electrificarse, creciendo como las raíces de un árbol oscuro. Durante un largo minuto, el cazador observó cómo la hechicera hundía los dedos en los parterres; donde su piel tocaba la tierra, brotaban diminutas luciérnagas etéreas. No, pensó Erian, ni la magia ni el tiempo podían regalarle lo que verdaderamente ansiaba: la ternura de un suspiro compartido, aproximarse hasta fundir lo prohibido con lo permitido.

Se hizo a un lado, dejándole sitio en la ventana. Tharion se dejó caer junto a ella —aunque no demasiado cerca— y contemplaron, en un silencio tan intenso como la corriente de un río subterráneo, la ciudad dormida a sus pies. Las cúpulas azules, los jardines flotantes, las naves de plata desplazándose mecidas por la brisa. Pero sólo había dos latidos allí arriba, y ambos estaban demasiado cansados de ser valientes.

—Esta podría ser la última noche —dijo él, roncamente—. Van a sellar los portales. Quieren cortarnos la salida del Eterno Bosque.

Erian reprimió una sonrisa amarga. Nadie hablaba en concreto, pero sabía sin palabras quiénes eran “ellos”: los arcontes de Lysandos, los que manejaban los destinos de todos excepto el suyo y el de Tharion.

—¿Te marcharás al bosque, entonces? —preguntó, en voz baja.

Los ojos de Tharion se volvieron hacia ella, y por un instante, solo por un instante, se permitió la debilidad de rozar su mano. Erian sintió el temblor en la yema de sus dedos: una chispa de vulnerabilidad, más abrasadora que cualquiera de sus conjuros.

—Vendrías conmigo —replicó, mientras la ciudad respiraba abajo—. ¿Realmente quieres quedarte aquí, entre flores mudas y guardianes de piedra?

La hechicera giró el rostro, dejando que la luna jugara en sus mejillas.

—Tú no eres parte de la ciudad —dijo ella—, pero yo tampoco lo soy del bosque.

Tharion suspiró. Había algo rotundo en ese gesto, como si estuviera despidiéndose de una ilusión tan vieja como los nombres de los dioses menores.

—Siempre serás parte de donde yo esté —dejó caer, y después, como si tal revelación le pesara más que el acero, aplastó su boca contra la suya.

Fue un beso lento, hambriento y desesperado, hecho de promesas malditas y de la certeza de un futuro roto. Erian sintió cómo su magia se agitaba y respondía, cómo las flores del jardín destellaban en un idioma que solo dos amantes condenados podían comprender. Era un beso de fronteras: un pedido de asilo y también una declaración de guerra.

Él se apartó antes de que la embriaguez los consumiera. En sus ojos brillaba algo feroz, casi animal, y sin embargo, detrás, el anhelo herido de quien nunca ha tenido un hogar salvo el de otros brazos.

—¿Vendrás, entonces? —preguntó, y ahora su voz sí era una oración, una súplica despojada de orgullo.

Erian supo que debajo de ese instante palpitaba el filo de la elección. Si aceptaba, los dos se convertirían en leyenda o en maldición; si no, los siglos enteros podrían pasar y ninguno encontraría la paz. Cerró los ojos un momento y buscó en la noche la respuesta: no en las estrellas, sino en las árboles, en el rumor de sus propias raíces.

—Sí —dijo finalmente, tan bajito que ni siquiera las flores la escucharon—. Pero solo si vuelves cada año, en la noche de las lunas doradas, para recordarme que el amor no es solo un conjuro.

Tharion se inclinó sobre ella y le tomó la mano, la mano de la que brotaban violetas y helechos, y por primera vez en muchos años, Erian se sintió ligera: no como una bruja, sino como una mujer capaz de abrir la puerta a la esperanza.

La bajada a los jardines fue rápida, como una fuga de sueños. Al pasar bajo los arcos de piedra, las flores se abrieron bajo sus pasos, como si supieran que algo prohibido e infinito acababa de nacer. El cazador y la hechicera atravesaron Lysandos antes de que la ciudad pudiera decidir si aplaudir o llorar su partida.

En la fronda del Eterno Bosque los árboles se inclinaron hacia ellos, sus ramas vibrando con rumores antiguos. Erian se volvió por última vez antes de perder de vista la ciudadela; Lysandos la miraba con ventanas encendidas, como ojos tristes, y Erian comprendió, de golpe, el verdadero secreto de toda magia: no era el poder sobre las cosas sino el coraje de dejarse transformar por el deseo.

Cuando entraron juntos en la espesura, Tharion rodeó la cintura de Erian y lo imposible se transmutó en posible. Allí, en el refugio azul y verde donde las hadas del aire danzaban en silencio, Erian dejó atrás el nombre con el que la ciudad la conocía. Ya no era la hechicera temida, ya no era la jardinera melancólica. Ahora era solo una mujer, amada y amante, parte de una historia nueva, un conjuro escrito a media voz bajo la trenza del viento.

Aquella primera noche en el bosque fue larga y dorada: la luna, cómplice, cubrió las huellas de ambos y enterró la vieja herida de Erian bajo semillas de futuro. Cuando al fin cayó el sueño, entrelazada con Tharion bajo una montaña de flores, supo que la leyenda comenzaba justo allí: en el borde de la renuncia, en el abrazo ciego de dos corazones que se atrevieron a desafiar sus propias fronteras.

Y así queda dicho, con la sinceridad de las primeras lluvias y el pudor de las semillas nuevas: que la magia más fuerte no es la que arde en los labios, sino la que, después de todo, permite que el amor eche raíz hasta en los suelos más prohibidos.

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