Portada del relato Fuegos en la Cítara del Alba
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Fragmento:


Aun así, Eiren se permite dudar. En el arte de la magia, como en el amor, nada importa tanto como el ritmo: te precipitas y fallas, vacilas y pierdes. Se ciñe la capa de terciopelo añil, una de sus hechicerías favoritas para pasar desapercibida, y elige su compañero más fiel: Arco, laúd sentiente de zurrón y mueca sarcástica perpetua. Lo lleva cruzado sobre el torso, y apenas pone un pie fuera del umbral, la madera murmura en su mente.

Duración: 08:11

Fuegos en la Cítara del Alba
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Texto de ajuste de pausa.

En el corazón de Livaria, donde los ríos discurren como cintas de seda turquesa entre árboles de cáscara violácea y hojas rojas, se alza la ciudad amurallada de Marrow, famosa por sus puentes colgantes de madera negra y las lámparas cuyas llamas verdean incluso bajo lluvia. Y desde las agujas de la ciudad, en la mansión de la Maestra Arpista, Eiren Barrois, se observa la llegada de forasteros: su música los delata antes que sus pasos.

Eiren está casi segura de a quién espera. Lleva esperando mucho tiempo: su historia comenzó antes incluso de la primera carta, antes de los susurros en las tabernas o del encuentro fortuito sobre el puente occidental. Se podría decir que todo empezó el día en que aceptó la Vigilia de la Cítara, un conjuro antiguo, por el cual su corazón palpitaba sincronizado con quienquiera fuese su verdadero eco en el mundo. A veces sentía que era una imponente broma: ¿no podía la Destinación darle alguna pista menos esotérica que los acordes agudos dolientes al anochecer, o el vibrato profundo que sentía cuando la ciudad reía?

Sin embargo, esta noche la espera no es imprecisa. La nota llegó esa mañana, sellada en cera con la media luna de los caminos ferales:

Esta noche, bajo la lluvia. El tercer puente. Mas no vengas sola, que tampoco yo lo haré.

Nada más. Era suficiente.

Aun así, Eiren se permite dudar. En el arte de la magia, como en el amor, nada importa tanto como el ritmo: te precipitas y fallas, vacilas y pierdes. Se ciñe la capa de terciopelo añil, una de sus hechicerías favoritas para pasar desapercibida, y elige su compañero más fiel: Arco, laúd sentiente de zurrón y mueca sarcástica perpetua. Lo lleva cruzado sobre el torso, y apenas pone un pie fuera del umbral, la madera murmura en su mente.

—Al menos podrías llevarme a un sitio animado para variar —ronronea Arco con voz impresa en el pensamiento—. Siempre puentes, siempre espera. ¿Es esto amor, o penitencia?

—El amor habitual en estos lares —replica Eiren con calma mientras camina por los pasillos—. Tú dedícate a pulsar las cuerdas cuando te lo pida, no cuando quieras exhibirte.

Arco bufa, pero se acurruca obediente. No existe nadie más que ellos en la calle mojada. El Tercer Puente es el más angosto de Marrow, y el primero que se tiñe de azur cuando la niebla matutina lo envuelve, como si alguien lo hubiera pintado con lágrimas de luna. Allí aguarda la silueta que Eiren conoce demasiado bien para su escaso trato: Orso Relian, contrabandista de reliquias, tallador de amuletos y, desde el pasado otoño, portador de un corazón trenzado con el suyo. El único hombre al que su música, por razones que ni los dioses pueden explicar, atrae de forma inevitable.

El rostro de Orso está hoy medio oculto tras una máscara de cobre bruñido y una capucha más amplia que de costumbre. Como ella, no ha venido solo: dos figuras envueltas en capas de lino pardo se insinúan bajo las farolas más lejanas, atentos a cualquier giro. Sin duda, criaturas de las sendas salvajes que lo protegen desde que la maldición de la Casa Relian activó —esa historia también la conoce Eiren, aunque su versión es generalmente más cruda que romántica.

—Viniste —dice él, voz amortiguada por la lluvia—. Maldición, Eiren. Siempre temí que el día que vinieras, dejaría de saber qué decirte.

—No vine por tu elocuencia, Orso —le corta ella, aunque la punzada en el pecho es cálida—. ¿Qué apremio tenemos hoy, para que olvides la discreción y me citéis en el río?

Orso vacila, como si midiera no solo las palabras sino el tiempo. Saca del zurrón un pequeño objeto envuelto en tela gris. Lo sostiene con reverencia de sacerdote y titubeo de enamorado.

—El Grimorio de las Coronas Cruzadas —susurra. Un eco sordo resuena bajo los tablones del puente; Arco se estremece sobre su hombro—. Lo encontré.

Aquello es imposible, pero si alguien puede transformar lo imposible en realidad, es Orso Relian. Eiren se atreve al fin a mirarlo a los ojos: ve el deseo de compartir la gloria, sí, pero ve algo más. Una llama que muerde; no quiere que lo celebre, sino que lo abrace antes de contarle las consecuencias.

—¿Qué precio ha puesto el grimorio, Orso? —pregunta más suavemente, tomando el objeto entre sus manos.

—El mismo de siempre —responde él, apretando los labios—. Quiere una promesa sellada en canción y sangre. Pero esta vez… exige que la promesa sea conjunta.

El miedo de Eiren es tan viejo como su amor por Orso. Ama el riesgo, la audacia, la forma en que las manos de él nunca tiemblan salvo cuando hablan de perderla. Pero también sabe que cada conjuro compartido es una cuerda invisible —si uno cae, el otro lo sigue. Y con un grimorio como ese, la caída puede ser más que metafórica. Puede quebrar la mente, el tiempo, incluso los amores.

La lógica es simple. Son adultos, amantes y enemigos por partes iguales. Han robado juntos, sí: información, ungüentos, un anillo de princesa anciana una vez. Han compartido catres de posada y amaneceres de angustia, pero nunca prometido eterno bajo los ojos de la magia. No hasta ahora.

—Antes de responder —dice Eiren, tomando aire—, dime: ¿lo harías, si supieras que fallar podemos los dos? ¿Crees que lo nuestro sobreviviría a una maldición compartida?

Orso se acerca, y por vez primera deja caer la máscara a sus pies. Sus facciones bajo la llovizna están marcadas por líneas de vida: arrugas en los ojos, labios mordidos, cabello que en la luz se revela castaño rojizo, irreverente. Sus pupilas, tempestuosas como remolinos de tinta.

—Eiren Barrois, el error no es caer juntos, sino vivir como si nunca fueses a tropezar. Si uno de nosotros ha de caer, juro por mi nombre y mi sangre, prefiero caer a tu lado.

Algo en la respiración de Eiren se afloja y se quiebra a un tiempo. Por un instante, ella también se despoja de las defensas; la magia en el aire recula como marea ante la ternura. Juntan las frentes, Arco suspira un acorde bajo, y la ciudad se disuelve alrededor. Solo están ellos, el grimorio, y la promesa.

—Hazlo rápido —susurra ella, y el contrabandista esboza una risa temblorosa.

—¿Ahora? ¿Aquí?

—Bajo la lluvia, juntos. Siempre dijimos que la ciudad era testigo suficiente.

Así lo hacen. Orso alza el grimorio, y Eiren sostiene el laúd como si fuera una antorcha. Cada uno pincha un dedo con la aguja de cobre, y la sangre se mezcla sobre la cubierta de piel curtida, que por un momento palpita como corazón vivo. Arco entona la melodía, la cuerda agónica de su hechizo anuda la promesa en el aire: si uno calla su amor, ambos perderán el don de la música. Si uno traiciona al otro, la ciudad los olvidará; sus nombres, borrados de toda canción.

Sellan el conjuro con la canción que escribieron en su primer invierno juntos, sin público salvo el crujir de la madera del puente y los testigos invisibles de la niebla. Llueve más fuerte. La ciudad, en su momento, nunca los ha aclamado, pero Eiren sabe —lo siente en los dedos, en el pecho donde la canción nueva chisporrotea— que algo irrevocable ha cambiado.

Cuando todo termina, Orso se encoge de hombros, goteando.

—¿Y ahora, mi arpista? ¿Qué hacemos con nuestro destino tejido por magia y locura?

Eiren sonríe. Avanza un paso y se acurruca en el abrigo de Orso, dejando que su calor y la música recién nacida envuelvan el fragor de la tormenta.

—Ahora —responde bajo el murmullo del laúd— aprendemos a qué sabe de verdad el riesgo. Y mañana, quizá, volvamos a mentirnos que somos astutos y cautos.

La voz de Arco resuena cómplice en sus mentes:

—Al menos promete que la próxima cita sea en una taberna seca.

Orso y Eiren, enlazados en sangre, canción y futuro incierto, se pierden bajo el aguacero, camino a donde los exiliados encuentran consuelo: no entre cálices de oro o promesas de fortuna, sino en el temblor compartido por lo que nunca nadie, ni dios ni mago, puede garantizar. El amor, como una melodía que renace con cada acordé desafinado, bajo los fuegos inciertos de la cítara del alba.

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