Portada del relato Sombras entre las teclas
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Fragmento:


— Porque vienes a escuchar —dijo finalmente—. Y porque cuando toco, tú permaneces. Y cuando te quedas, yo también permanezco.

Duración: 08:48

Sombras entre las teclas
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Texto de ajuste de pausa.

La música se filtraba por los pasillos de la casa Elowen como una neblina etérea. Eran notas que vibraban dulces, solo interrumpidas por la caída de la noche sobre Cindervale, la ciudad construida sobre los huesos de dos naciones enfrentadas. En el gran salón de espejos rotos, donde las baldosas reflejaban estrellas falsas, Arlen deslizaba los dedos sobre un laúd mil veces restaurado y una sola vez maldito.

Su audiencia era la sombra: una silueta en las cortinas, otro espejismo más de un pasado borroso. Arlen había aprendido a reconocer su presencia como se distingue la lluvia en la ventana aún con los ojos cerrados. No sabía cuándo exactamente la sombra había comenzado a acudir, pero sabía quién era: Seraphel, la hija proscrita del otro lado de la muralla, la que caminaba por las noches, la que traía viento frío incluso en pleno verano.

La música de Arlen terminaba cuando el reloj de bronce marcaba las doce, y él, obediente a la costumbre y a la superstición, se inclinaba en una reverencia dirigida tanto a la soledad como a la invisible visitante. La tercera noche de la semana, las llamas de los candelabros parpadearon, la cortina se agitó sin causa, y una voz —ronca, cálida, desacostumbrada al uso— surcó la distancia que los separaba.

— ¿Por qué sigues tocando? —preguntó Seraphel, la sombra tomando forma bajo las tenues luces, materializándose en una figura alta, de ojos antiguos y cabellos del color de la ceniza.

Las leyendas decían que los de su linaje podían moverse entre reflejos, que amaban bajo pacto, y que debían regresar antes del primer gallo al lugar de donde provenían, o serían devorados desde dentro por una soledad más brutal que la muerte. Nadie sabía por qué la frontera de sus mundos se hacía porosa en este rincón exacto de la ciudad, justo donde los Elowen guardaban el laúd.

Arlen no respondió de inmediato. Guardó silencio un instante, como considerando la posibilidad de un conjuro antes de cada palabra.

— Porque vienes a escuchar —dijo finalmente—. Y porque cuando toco, tú permaneces. Y cuando te quedas, yo también permanezco.

Seraphel ladeó el rostro de facciones agudas, la piel surcada por un leve resplandor azul. Había estado en la guerra, aunque apenas conservaba heridas visibles. Lo que sí conservaba era la costumbre de desafiar a quien la mirara demasiado tiempo, pero con Arlen había aprendido a disfrutar de la vulnerabilidad: cómo sus dedos temblaban cuando sus miradas se encontraban, cómo el aire entre ellos se iba volviendo más grueso y dulce.

— Permanezcamos un poco más, entonces —susurró ella, dando unos pasos hacia la luz—. ¿Puedes tocar algo que no conozca?

El laúd cobró vida de nuevo, y la melodía fue titubeante al principio, porque Arlen componía mientras tocaba, abandonando los viejos himnos por una sombra más cálida, uno que danzara entre la memoria y el deseo. Tocó para el mediodía en los Jardines Prohibidos; para el perfume de la fruta rota en las mesas de la celebración de los vivos; para los nombres jamás susurrados porque ninguna boca se atrevió a profanarlos.

Mientras las notas brotaban, Seraphel comenzó a tararear. Era imposible que conociera la canción, y sin embargo armonizaba cada compás, cada eco. Gracias a la música, sus mundos se superponían. Si alguien los viera —la poderosa heredera renegada del Clan de la Niebla, el músico desterrado de la alta sociedad— le parecería que eran viejos enemigos; sin embargo, de noche, eran solo cuerpos que creían encontrar refugio, tan ansiosos como tímidos de lo que podía significar la palabra futuro.

El final de la canción no llegó con el tañido de una cuerda rota ni con el golpe del reloj, sino con la confesión de Seraphel, bajando la guardia por primera vez.

— Me piden que regrese. Han notado mi ausencia. Saben que cruzo al otro lado cada noche —dijo, con una voz que se trataba a sí misma de traidora.

Arlen sabía que ese momento llegaría. Siempre está el precio por brincar los límites.

— ¿Te detendrás?

Seraphel asintió una vez, y en su mirada había algo de desafío, pero más aún de pena.

— Si tuviera un motivo para quedarme, uno más fuerte que la lealtad al clan y al pacto de niebla… sí. Pero ya sabes cómo son las historias que nos contaron.

Arlen dejó el laúd y se acercó. No era la primera vez que sus manos se encontraban en la oscuridad, pero sí era la primera en la que el contacto llevaba promesas en vez de secretos.

— Podrías quedarte —ofreció él, voz temblorosa y sincera—. No estoy seguro de cómo, pero si hay una canción capaz de mantenerte aquí, la escribiré. Si hay un hechizo, lo aprenderé. ¿Tú lo harías por mí?

Seraphel no respondió enseguida. El silencio se convirtió en una herida. Su mano se cerró sobre la de él. La textura era extraña, como si tocara agua y al mismo tiempo piedra antigua.

— Podría intentarlo. Pero si fallo… me perderé. No podrías seguirme.

La noche pasó entre canciones y silencios. Cuando el primer rayo de luna menguante apareció, Seraphel se disolvió en humo y sombra, dejando tras de sí el aire con sabor a despedida.

***

Durante los días siguientes, Arlen buscó respuestas en las bibliotecas, en los labios de las ancianas que tejían junto al fuego, en los libros con hojas negras y letras doradas. Descubrió que existía un rito, uno que sólo podía sellarse durante la “hora sombra”, ese espacio fugaz sobre la medianoche en el que los dos mundos se fundían y cualquier promesa tenía consecuencias directas en piel y alma.

Con la determinación de un hombre enamorado, organizó todo para la siguiente luna nueva. La casa Elowen, arruinada y elegante, fue el escenario de su desafío. Preparó un círculo de sal, rosas negras recogidas al alba y una copa de aguardiente azul traído desde el extremo del bosque de los sueños muertos.

Seraphel apareció puntual, más nerviosa de lo habitual, como si presintiera que aquella noche sería distinta. Entre los dos no hacía falta hablar para confesar el miedo. Arlen recitó las palabras aprendidas a fuego:

— Si esta noche cruzas la frontera y mantienes la promesa, tu sombra será libre en mi mundo, tu voz, mi canción. Pero si renuncias, ambos pagaremos el precio: ya no habrá recuerdos ni canciones, ni nombres susurrados. Seremos olvido.

Seraphel aceptó con los ojos abiertos, sin apenas parpadear. Sus labios rozaron los de Arlen, sellando el pacto.

Las primeras señales fueron sutiles: una vibración en el aire, una nota larga del laúd que parecía no querer cesar, el temblor de las paredes antiguas. El ritual era tanto de amor como de renuncia: Seraphel debía dejar atrás el linaje, la inmortalidad; Arlen, dejaría el miedo a perderla, abrazar una vida de incertidumbre.

Hubo un instante —imposible de medir— en que ambos mundos colapsaron, y sintieron el vértigo de mil vidas que nunca serían, y el peso real de la elección. Cuando la “hora sombra” terminó, todavía estaban de pie. Juntos.

Seraphel ya no era sombra. Sus facciones se suavizaron, los bordes de su contorno dejaron de traslucir la irrealidad. Soltó un último suspiro, como si su cuerpo tuviera que acostumbrarse a un sabor nuevo, terrenal y mortal.

La ciudad despertó con rumores de un milagro y un escándalo. Los Elowen tuvieron que elegir entre el destierro y el silencio, y eligieron lo segundo. En la sala de espejos rotos, dos figuras reían mientras comparten el último sorbo de aguardiente azul, cada día más alejados de los peligros del límite.

Sin embargo, pagar el precio no garantizaba el final feliz. Seraphel luchó durante meses con la nostalgia de su tierra de niebla, pesadillas que a veces la hacían buscar en las esquinas el acceso a un reino que ya no la reconocía. Arlen, por su parte, se forzaba a componer nuevas canciones, aunque notaba que la magia era distinta: más difícil de hallar, más profundamente conectada al sacrificio.

Pero en las noches de incertidumbre, entre los abandonos y los encuentros, crearon algo que ninguna historia había previsto; no el triunfo del amor sobre la muerte o el olvido, sino la creación de un tercer reino: uno donde la memoria y el deseo no se negaban, sino que inventaban día tras día el idioma común de los fugitivos.

Una tarde de otoño, fragmentos de la melodía pactada resonaban por la ventana abierta. A la distancia, los habitantes de Cindervale jurarían haber visto a la sombra de siempre bailar entre las cortinas. Y aunque las viejas fronteras seguían imponiéndose a quienes amaban y temían, el secreto de los amantes entre las ruinas de la casa Elowen comenzaba a transformarse en leyenda.

La última nota del laúd quedó flotando en el aire, ligera pero imborrable, como la promesa de que, en algún lugar entre la sombra y la carne, el amor podía sobrevivir a cualquier límite, si estaba dispuesto a pagar el precio. Y en la inmensidad de la noche, dos corazones antes separados por mundos enteros latían ahora en un mismo compás.

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