Portada del relato La Canción de los Dos Soles
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Fragmento:


Fue entonces cuando la Torre de Cristal, testigo de antiguos matrimonios y despedidas, emergió de la bruma. La leyenda contaba que dentro de sus cámaras altísimas dormía el Espejo Gemelo, capaz de unir los destinos de dos seres por encima de la naturaleza misma. “Amarse en el Espejo asegura la unión, pero siempre a un precio”, advertía la vieja canción de las doncellas elfas. Nadie, desde la última Edad de las Mareas Rojas, había osado desafiar su hechizo.

Duración: 08:15

La Canción de los Dos Soles
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Texto de ajuste de pausa.

Nada perturba más el rumor de los ancestrales bosques de Liraen que el canto de quien teme perder lo que ama. En la Edad del Tercer Crepúsculo, cuando las estrellas apenas comenzaban a recostarse en las aguas del Mar del Norte, la Dama Elaria del Bosque Plateado cantaba su melancolía bajo la sombra de la antigua Torre de Cristal. Aquella torre, lejos de los senderos y de las sendas honradas, era, según los cantos de los elfos, un umbral a mundos y tiempos que los mortales jamás podrían comprender.

Elaria, de linaje antiguo y corazón inquieto, era implacable como las dunas, brava como el río en deshielo. Pero su mirada, aun altiva, estaba anegada por la espera de alguien que jamás regresaba con la marea. Él era Aradion, el caminante de las tierras perdidas, quien recorría reinos, cruzaba abismos y era más esquivo que la tormenta. Los elfos susurraban con temor su nombre, pues Aradion era humano, y los tiempos de los humanos y los elfos jamás podían correr a la par.

La primera vez que Elaria vio a Aradion fue en el invierno de las Nieblas Violetas. En un claro silente, junto al lago helado, él dormitaba, espada en mano, mientras una bandada de grullas, atraída por la quietud de su corazón, rodeaba su cuerpo. Elaria, con la delicadeza de la hoja en el viento, se le acercó, sus pies apenas rozando la superficial escarcha. Cuando Aradion abrió los ojos vio primero la neblina, luego el bosque, y después a ella, como si un espíritu hubiera nacido de la nieve.

Las palabras entre ambos fluyeron dulces y torpes, como la savia primaveral que retorna al tronco tras el largo frío. Connectaron, sin quererlo ni entenderlo, y desde ese día, ni uno solo dejó de buscar al otro en los claros, bajo la luz violeta del ocaso o la silenciosa plateada de la luna. Aradion relataba las leyendas de sus antepasados; Elaria cantaba los poemas aprendidos del viento y el agua. Pronto, sus almas se trenzaron como raíces milenarias bajo la tierra fértil del destino.

Pero toda dicha que halla su cumbre, halla también su pena, y así, cuando el amor florece entre diferentes mundos, los dioses inquietos se vuelven. Los Consejeros del Bosque Plateado convocaron a Elaria ante la Suma Sombra, pues veían con malos augurios su unión con el errante humano. “Un solo ciclo de tu vida, Elaria, serán tres de los suyos”, le advirtieron. “Jamás verás tu reflejo en sus ojos por la eternidad, y el peso de la pérdida te será familiar antes que a nosotros.” Elaria, sin embargo, defendió su amor. “Si sólo tengo un día con él que valga por siglos de soledad, preferiría tal vida en vez de una eternidad hueca.” Los Consejeros partieron la niebla, mas no sus corazones.

Fue entonces cuando la Torre de Cristal, testigo de antiguos matrimonios y despedidas, emergió de la bruma. La leyenda contaba que dentro de sus cámaras altísimas dormía el Espejo Gemelo, capaz de unir los destinos de dos seres por encima de la naturaleza misma. “Amarse en el Espejo asegura la unión, pero siempre a un precio”, advertía la vieja canción de las doncellas elfas. Nadie, desde la última Edad de las Mareas Rojas, había osado desafiar su hechizo.

Aradion y Elaria, movidos por la urgencia de su amor y el triste sino del tiempo, juraron ante las raíces del Roble Viejo, mientras las estrellas refulgían en la noche profunda: “Sin importar el precio, buscaremos el Espejo.” Así partieron: los días se volvieron semanas, y los bosques dieron paso a malezas extrañas, valles hendidos por relámpagos de antaño y colinas donde la luna no se atrevía a posar.

Cuando estuvieron ante la Torre, ésta emergió como una verdad olvidada, alta y silenciosa, sus muros tan traslúcidos que parecían hechos del aliento de la propia mañana. Las sombras espectrales de otros amantes, tal vez otros desafiantes, rondaban la entrada, sus manos entrelazadas en un gesto eterno de espera o esperanza perdida. Cruzaron el umbral y ascendieron por interminables escalinatas de vidrio frío. El aire estaba impregnado de canciones calladas, susurros de historias inacabadas.

Finalmente, en la cámara más alta, el Espejo Gemelo los aguardaba. Sus marcos eran ramas vivas de plata y oro, y la superficie reflejaba a la vez todos los años, todos los rostros, todos los posibles futuros. Elaria tomó la mano de Aradion, y juntos miraron en el cristal. Al principio vieron su reflejo, joven y ávido, pero pronto la imagen se fracturó: les mostró su dicha y su dolor, días de luz junto a días de despedida, una danza eterna entre el encontrarse y el extraviarse. Vieron un jardín florido donde los dos reían, pero también una tumba bajo el fresno, cubierta de musgo plateado.

Una voz, ni masculina ni femenina, eco de otoños que jamás serían, emergió del brillo del Espejo: “¿Deseáis que este amor trascienda toda frontera? ¿Estáis dispuestos a pagar el precio, que es la renuncia a toda otra vida y la pérdida de cuanto hayáis amado antes?” Ambos asintieron. “Entonces,” concluyó el Espejo, “vuestros espíritus serán atados, y ni la muerte ni el tiempo os separarán, pero vagaréis entre los mundos, jamás arraigados en uno, pues lo eterno nunca encuentra reposo.”

El juramento fue sellado. Una brisa repentina, más fría que cualquier invierno, barrió la cámara y los envolvió. Elaria sintió cómo el pulso del bosque, la voz de sus antepasados, se desvanecía en un eco lejano. Aradion notó que su recuerdo del hogar, del calor de la lumbre infantil, se disolvía como la última escarcha bajo la aurora. Solo quedaba el amor, que chisporroteaba como antorcha en la negrura, abrazando pero también consumiendo.

Cuando abandonaron la torre, el mundo parecía igual, y sin embargo distinto. Caminaban juntos, separados de las estaciones, saludando las crecidas y las caídas de los reinos: vieron ciudades que en un suspiro se convirtieron en ruinas, bosques que de retoños pasaron a cenizas y luego de nuevo a verdes promesas. Eran atemporales, sí, pero la dicha de su unión traía también la soledad de quien no pertenece a ningún lugar.

El tiempo pasaba, o más bien, los humanos, los elfos, los enanos y hasta los dragones, pasaban ante ellos. A veces bajaban desde su vagabundeo entre eras y compartían una copa de vino, un cuento o una noche de pasión robada bajo las estrellas con los mortales, pero inevitablemente debían partir antes que el alba, cuando la nostalgia picaba más hondo. En muchos pueblos se habló de una pareja que caminaba entre las edades, cuya presencia era presagio de cambios, incluso del fin de las grandes dinastías.

Durante milenios, Elaria y Aradion aprendieron los juegos de amor y despedida, sus pasos bailando entre la cercanía y la distancia. Hubo épocas de gozo: ampararon huérfanos de la guerra, ayudaron a un rey justo a encontrar su reina perdida, sanaron bosques enfermos con canciones aprendidas uno del alma del otro. Pero también hubo días en que, al verse reflejados en el agua de algún arroyo, notaban en sus ojos la ausencia de todo lo que un día habían conocido, la sombra de hogares que ya no eran suyos y la certeza de que la eternidad tiene su propio precio.

Una noche, bajo el resplandor gemelo de los dos soles que en raros portales se asomaban en los límites mismos de Arda, Aradion preguntó: “¿Cambiarías lo que vivimos? ¿Desearías poder volver atrás y elegir una vida sencilla, breve, pero con raíces en un solo mundo?” Elaria, tras largo silencio, besó su frente y susurró: “Si lo hiciera, no te recordaría. Sería ajena también al dolor, y ajena a la dicha. Prefiero el amor que duele y bendice, que une y separa, al olvido que todo lo apaga.”

Así continuaron su viaje eterno, centinelas de un amor más allá de todo límite, prueba de que la belleza y la pena, en igual medida, forjan los destinos que los dioses mismos contemplan con respeto o con temor.

Y cuentan aún, en la última edad, cuando el mundo ya es gris y las historias antiguas yacen bajo la ceniza de los años, que en una noche de viento suave pueden verse dos sombras tomadas de la mano, reflejadas en un charco de luna pálida o en la superficie de un cristal olvidado, y que quien las vea siempre recordará no el temor de perder, sino la gloria de haber amado, aunque solo haya sido por un instante hecho eternidad.

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