Portada del relato La caricia de la bruma negra
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Fragmento:


"No debes estar aquí, criatura", murmuró Lysandra más por costumbre que por coraje. La sombra vibró: no era lenguaje, sino una inmersión directa en sus pensamientos, una sensación húmeda en el centro de su pecho. De alguna manera, supo su nombre. Y ella el suyo. Se llamaba Aegar, nacido en la falla donde las mareas son tatuadas sobre piedra.

Duración: 08:16

La caricia de la bruma negra
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Texto de ajuste de pausa.

La arena tiene memoria, aunque el hombre no se lo crea. Guarda bajo todas sus capas una brisa de susurros, fragmentos de gritos y caricias que nunca llegaron a ser piel, solo espuma. Cada noche, en la pequeña playa de Port Seraphine, la arena cantaba por debajo del murmullo de las olas, y únicamente Lysandra, la cuarta de las hijas de los pescadores, parecía capaz de oírla.

Fue el año en que la tormenta azul cayó sobre la costa que todo cambió. Había ruina y cosechas podridas, mariscos muertos en la orilla, niños con ojos febriles y un hedor a óxido bajo el aroma habitual de sal. Solo Lysandra se aventuraba al límite de la oscuridad donde los riscos caían dentro del océano, envuelta —decían— en un harapo de luto, el cabello empapado como si llevara a cuestas la condena de todo el puerto. Nadie sabía que allí, arrodillada en la espuma, Lysandra recogía extrañas conchas de un negro opalino, tan frías que el contacto helaba la sangre.

Aquella noche, la luna colgaba como una perla muerta cuando Lysandra sintió que su soledad era respondida. Una sombra —negra y deslizante, pero curva, casi hermosa— emergió del mar como si acabara de derramarse de una vasija. Parecía humo y alga al mismo tiempo. Sus ojos, sin párpados, la miraron desde una silueta indistinta, una sonrisa de hueso translúcido brillando un instante.

"No debes estar aquí, criatura", murmuró Lysandra más por costumbre que por coraje. La sombra vibró: no era lenguaje, sino una inmersión directa en sus pensamientos, una sensación húmeda en el centro de su pecho. De alguna manera, supo su nombre. Y ella el suyo. Se llamaba Aegar, nacido en la falla donde las mareas son tatuadas sobre piedra.

Nadie preguntó a Lysandra por qué sus pasos eran cada vez más ligeros, sus ojos más oscuros, la piel marcada en sueños por pequeños círculos de arena. Por las noches, el pueblo dormía, y ella y Aegar danzaban bajo el estallido de vagas auroras planctónicas. Sus cuerpos nunca se entrelazaron en el sentido humano, pero Lysandra sentía su contacto como una brisa empapada recorriéndola por dentro, una marea subiendo más allá del hueso.

"¿Por qué has venido a mí?" preguntó una vez al borde del oleaje. Su voz era viento, la respuesta de él un remolino acariciando sus mejillas. Se alimentaba del temor vertido al océano; el puerto estaba rebosante, tras aquel cruel invierno. Lysandra no podía decidir si Aegar la elegía o si ella lo había invocado, con siglos de miradas furtivas hacia la oscuridad bajo las olas, con toda su hambre de algo que no tuviese forma ni nombre.

El deseo era mutuo. Aegar la comprendía sin carne, sin tiempo, como ninguna lengua humana podía. Le mostró el banquete azul profundo donde las criaturas oxidadas se retorcían; le dejó ver la ciudad hundida de Saireth, donde los amantes se susurraban en lenguas extintas sus promesas. Cada visión cedía al éxtasis: la mente torcida por el asombro, la carne incapaz de contener lo inmenso.

El precio vino pronto. El pueblo comenzó a perder a sus hombres en la niebla: pescadores desaparecidos sin dejar más rastro que redes rotas y perlas negras en la arena. Las viudas decían haber visto a Lysandra de espaldas, murmurando en la espuma. La señal de la condena.

Una noche, al pie de los riscos, Aegar yacía extendido en el límite de su mundo, trazando inscripciones líquidas alrededor de los tobillos de Lysandra. "No temas", le susurró, "no es tuya la culpa. Todos ansiamos. Y los que ansían abren puertas".

"¿Cuánto queda de mí?" preguntó Lysandra, notando que la sal había invadido incluso sus lágrimas. Su humanidad se desmoronaba como la muralla sumergida de Saireth. Sentía anhelo, pero era un anhelo que ya no conocía consuelo humano.

Aegar rozó su mente; una cascada de imágenes, estalactitas de luz bajo presión, alaridos ahogados y serenatas susurradas por peces ciegos. "Puedes nadar conmigo", le propuso, "abandonar la playa y sumergirte en las simas. El amor es transición, morphosis incesante. O quedarte; anclar tu nostalgia y mirar cómo la orilla devora a todos los que amas. No hay tercer camino".

Lysandra, por la primera vez, sintió odio. No por Aegar, sino por la decisión que le era impuesta. El amor, tan dulce y tan crudo, era una cadena. El pueblo le había temido; el destino la transfiguraba en mártir o monstruo. Marcaría la arena de hijos híbridos o dejaría morir el deseo en la melancolía célibe de la costa. Una parte de sí misma, más fría que el abismo, comprendió que prefería la mutación total al adormecimiento. En la penumbra, su risa fue una salva: amarga y hermosa.

La transformación comenzó esa misma madrugada. Bajo la piel de Lysandra brotaron líneas de escamas tenues, azuladas, con un brillo profundo; sus pulmones, poco a poco, aprendieron a filtrar el oxígeno a través del agua salada; el idioma de los hombres cedía, sustituido por una polifonía interna de corrientes y ecos. Aegar estaba a su lado en cada instante de dolor y júbilo, tejido en la misma extrañeza que la abrazaba.

El pueblo no entendió. Descubrieron a Lysandra en el límite de las mareas, cantando con una voz que era todas las voces, y con ojos en los que bailaban naufragios y auroras. Hay miedo en la belleza, decían luego, los ancianos que la vieron por última vez. Hay tragedia en la simetría que no es nuestra. Un pescador osado la tocó, y sus propias manos se volvieron fragmentos de coral negro al instante siguiente. Después, nadie se atrevió a acercarse; ella era una oración interrumpida entre mundos.

Permaneció con Aegar semanas, lunas, edades, midiendo el tiempo en ciclos de marea. En la ciudad sumergida, Lysandra bailaba en salones sostenidos por vértebras de leviatán. Amaron entre columnas de medusas, su unión tejida en ondas, múltiples, tan infinitas como la red de vida marina. Allí, su deseo era celebración y sacrificio: para amar lo inhumano hay que abandonarse a la corriente, y Lysandra celebró la disolución de su vieja piel.

A veces, sin embargo, observaba la superficie. Arañaba los límites del abismo y miraba la curva trémula de la luna, recordando —como una quemadura distante— a sus hermanas que peinaban cabellos tristes, a sus padres cuyas redes colgaban secas, a los niños que la habían temido. El amor era completo, sí, pero no había regreso ni expiación.

En la quietud final del estuario, mientras Lysandra y Aegar se fundían en una danza eterna, apareció la última prueba. Algo despiadado en el fondo del océano —una sombra más oscura que cualquier amante, una herida antigua— empezó a desplegarse. Seres como Aegar eran custodios, guardianes de la frontera; el amor de Lysandra era manantial y grieta. Se preguntó, con súbito espanto, si su unión, por divina que pareciera, no había desatado también cosas demasiado viejas, demasiado hambrientas.

Aegar la envolvió en su sombra, tibio y feroz: "El amor nunca es únicamente creación. Iguala, desgarra, invoca". Decidieron enfrentarlo, juntos, en la sima última, donde la luz es solo memoria. La batalla fue lenta, arrastrada, una erosión interminable de todo lo que creían ser. Lysandra perdió su nombre entre rugidos y memoria; ganó, en cambio, una mirada capaz de ver cada corriente, cada sombra tras la sal.

El pueblo de Port Seraphine la olvidó al cabo de siete años. Solo quedaba en la playa una estatua de cristal de mar, una figura medio humana, medio espuma, mirando eternamente el horizonte. Pero en las noches más oscuras, algunos todavía juraban sentir el roce de una sombra —una caricia imposible, una promesa de éxtasis y pavor— llevada por la bruma negra sobre la orilla. Y, en la arena, flores de sal y coral negro recordaban que, cuando se ama lo imposible, toda frontera se vuelve un umbral.

Porque la arena tiene memoria. Y cuando dos sombras se funden bajo el mar, la playa entera canta —con voces que ya no son del todo humanas— nuevas historias de amor y condena, esperando inspirar a quien se atreva a bailar de nuevo en la orilla de lo prohibido.

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