Fragmento:
Isandro recogió un día un fragmento de metal fundido desde la grieta. Era imposible determinar de qué estaba hecho: ni hierro, ni cobre, ni plata, sino una amalgama ligera que destellaba con colores internos. Lo llevó consigo, convencido de que era el pedazo roto de su espada de sueños. A partir de ahí, las noches se afilaron.
Duración: 08:28
Había una grieta en la acera de Mirador Sur. Dicen los vecinos que apareció una noche en que retumbó la tierra, aunque nadie recuerda haber sentido temblor alguno; solo el rumor viscoso de los sueños interrumpidos y el olor a hierro que se quedó suspendido en la atmósfera durante semanas. Quizás fue entonces cuando los fuegos antiguos escaparon.
Isandro fue el único que lo vio primero. Tenía treinta y tantos, barba perpetuamente a medio rasurar y una vida demasiado translucida; una de esas existencias que se deshilachan entre turnos de noche y cafés recalentados. La entrada del garaje de su edificio siempre olía a gasolina y a orines de perro, y en esas mañanas de color plomo era fácil confundir lo extraño con la resaca. Pero cuando la banca torcida a un lado de la grieta comenzó a arder con una llama azul, supo que algo no encajaba.
La primera noche después de aquello, soñó que cruzaba una ciudad igual a la suya pero retorcida, de faroles líquidos y neblinas púrpuras, en cuyos portales marchaban ejércitos con cascos de cuervo. En el sueño, Isandro sostenía una espada delgada que palpitaba, una hoja extrañamente cálida y sedienta, devorando tanto sus pesadillas como el fuego de las llamas azules. El filo nunca se apagaba. Cuando despertó, tenía la marca de un corte invisible en la palma derecha y el rumor sordo de alguien –o algo– observando desde el umbral de la grieta.
La ciudad, mientras tanto, se desmoronaba en lo real y lo irreal. Los incendios espontáneos comenzaron: basureros quemados sin motivo, árboles que ardían en mitad de la lluvia, papeleras que lanzaban chispas al contacto de cualquier papel. La policía se asustó, los bomberos no daban abasto. Hubo una mañana en la que el humo cubrió el barrio durante horas y todos salieron con máscaras improvisadas, bufandas sobre la boca y la sensación de estar a punto de revelar un secreto catastrófico.
Isandro recogió un día un fragmento de metal fundido desde la grieta. Era imposible determinar de qué estaba hecho: ni hierro, ni cobre, ni plata, sino una amalgama ligera que destellaba con colores internos. Lo llevó consigo, convencido de que era el pedazo roto de su espada de sueños. A partir de ahí, las noches se afilaron.
Había un bar en la calle Recoletos al que Isandro asistía solo los viernes, huyendo del frío y de sí mismo. Allí trabajaba Judith, la camarera de voz inevitablemente ronca, a quien le faltaba medio diente pero le sobraban historias. Judith fue la primera que notó el cambio. “Te brillan los ojos, Isi. Como si se te estuviera incendiando la cabeza”, le soltó sin rodeos, sirviéndole un whisky barato.
Isandro le enseñó el fragmento de metal. Judith frunció el ceño y entrecerró los ojos. “Eso es feo de mirar… pero supongo que lo necesitas”, murmuró, tocando el fragmento con la yema de los dedos. Apenas lo hizo, el metal vibró y dejó en el aire el olor a pan quemado y salvia. Ninguno dijo nada, pero supieron que algo se había entrelazado entre ambos.
Las noches siguientes Isandro soñó con Judith. No como un amante, ni como una amiga; la soñó como una guerrera portando una espada igual a la de él, forjada en los fuegos antiguos de los que venían escapando las llamas. En esos sueños, ambos se encontraban en callejones de una ciudad imposible, enfrentando sombras de ojos huecos y lenguas rojas. Sus espadas flameaban, arrastrando una furia ancestral.
En la vigilia, mientras tanto, las noticias hablaban de una “epidemia de sueños vívidos”. Vecinos relataban pesadillas que continuaban al despertar, cortes y quemaduras inexplicables, incluso casos de insomnio irreversible que a veces terminaban fatalmente. El hospital del barrio se llenó de pacientes ansiosos, y los psiquiatras admitieron estar perdiendo el control.
El fragmento de Isandro empezó a arder cada noche a las 3:03, la Hora del Tártaro, decían los antiguos. Él se obligaba a mantenerlo bajo llave, dentro de una caja fuerte improvisada de hojalata, pero siempre desaparecía, apareciendo sobre su pecho cuando despertaba. Los incendios de la ciudad y de sus sueños parecían sincronizados; un fuego comenzaba en la vigilia solo cuando, en la oniria, Isandro blandía su espada sobre algún demonio devorador de imágenes.
Judith, por su parte, no tardó en confesar: “Te pasa lo mismo, ¿verdad? Ahora yo también llevo una herida en la mano derecha”. Cuando los dos juntaron sus fragmentos, los vieron soldarse espontáneamente. La hoja resultante –apenas del tamaño de un cuchillo de cocina– brilló con la violencia de una promesa incumplida.
Juntos, salieron a la ciudad. Su propósito no era heroico ni racional, simplemente necesitaban saber la fuente, el motivo de aquel desgarro entre sueño y realidad. Caminaron hacia la grieta original; esta ya no era solo una fractura en la acera: de ella emanaba una bruma densa y un ulular antiguo, como las voces de toda una civilización olvidada. Al acercarse, el aire se volvió pastoso, como si respiraran cenizas dulces. Isandro sostuvo la espada incompleta y Judith le apartó un mechón de pelo empapado en sudor. “No tenemos mucho tiempo, Isi.”
Cruzaron la grieta juntos y, como en un derrumbe, todo cambió. La ciudad era su ciudad y, a la vez, no lo era: aquí la arquitectura era de piedra y asfalto, pero también de escamas y de marea, los semáforos sangraban luz carmesí y las autopistas se doblaban como lenguas de dragón. Espíritus hechos de humo y brasas caminaban entre los peatones, y los incendios eran tan constantes como el respirar.
En esa otra realidad, los sueños no solo se soñaban: se luchaban, se vivían hasta el filo. Sus heridas ardieron; las espadas se hicieron completas mientras corrían, cada vez que enfrentaban las criaturas ígneas que salían de las alcantarillas o de los techos de los edificios. Cada golpe era una brasada de dolor y de memoria, y cada victoria una chispa que incendiaba parte del olvido en sus cabezas.
Comprendieron, a medida que avanzaban, que las espadas no eran armas sino llaves: llaves hacia los fuegos primordiales, reservas de poder y de tormento que alimentaban tanto los sueños como la realidad. Cada llama azul extinguida era un trozo de pesadilla sellada, pero también un recuerdo quemado. Con cada corte, perdían algo propio: nombres, rostros, deseos. La batalla era inevitable y hermosa en su crueldad.
Al llegar al centro de la ciudad onírica –el corazón donde el humo formaba espirales infinitas–, encontraron la raíz de la grieta: una llama voraz, sostenida por una figura encapuchada y sin ojos, cuyos dedos eran puñales de obsidiana. “¿Por qué han venido?”, susurró, con voz de viento y de brasas. Judith se adelantó. “Porque ya no distinguimos entre el sueño y la vigilia. Porque queremos volver a tener una sola vida”.
El ente les ofreció una elección. Podían sellar el fuego y cerrar la grieta de una vez, a precio de perder toda capacidad de soñar; o podían quedarse en esa ciudad liminal, guardianes armados de espadas eternas, manteniendo el equilibrio pero nunca despertando por completo en el mundo real. Isandro miró a Judith, sintió el peso de la espada y el vacío de sus recuerdos evaporados.
La decisión fue un acto reflejo. Clavó la espada en la llama, Judith lo sostuvo del hombro y los dos sintieron como si fueran arrastrados hacia todos los fuegos y todos los finales a un tiempo. Un torbellino de imágenes, canciones no compuestas, caricias eternizadas y olvidos necesarios.
Despertaron en la acera, justo al amanecer. La grieta estaba sellada, y de las brasas no quedaba más que una leve aureola de ceniza blanca. Ninguno de los dos pudo recordar cuándo ni cómo se conocieron; tampoco recordarían nunca sus sueños, pero compartieron esa memoria fantasmagórica de una lucha consumada y la gratitud de vidas encendidas solo en la superficie del día.
Isandro dejó el fragmento –ya solo un trozo de metal gris y frío– en el umbral de la casa de Judith una semana después. Ella, en respuesta, le envió una botella de whisky y una nota con apenas tres palabras: “No te olvides”.
En adelante, ambos caminaron las calles con esa certeza: habían sido custodios de un fuego y de una espada cuyo fulgor era tanto una condena como una salvación. Y, aunque el mundo siguiera ardiendo de otras formas, dentro de ellos parpadeaba el resplandor persistente de los que han luchado contra la noche y han regresado. Aunque jamás pudieran soñar otra vez, supieron que, incluso con las brasas apagadas, hay incendios que solo pueden arder en el silencio compartido.
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