Portada del relato Hierro en las Sombras
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Fragmento:


Rickon White tenía otras preocupaciones, más cercanas y húmedas. El agua goteaba entre sus hombreras, iba empapándole la camisa, y su paraguas acanalado más bien servía para llamar la atención que para mantenerle seco. Caminaba rápido, guardando la cabeza, buscando aquel callejón apenas iluminado. Casi se pasó de largo, pero una silla rota junto a una barandilla de hierro le indicó, como un farol caído, que sí, aquel era el sitio.

Duración: 09:06

Hierro en las Sombras
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Texto de ajuste de pausa.

La noche había llegado antes que la niebla. Llovía en tramos, intermitente, como una discusión que alguna divinidad había empezado y perdido el interés antes del primer trueno. En Manytown, eso era señal de que las cosas de hierro —candados, cerraduras, bisagras de portones, aldabas y demás— chirriarían de manera aún más lastimera que de costumbre cuando el crepúsculo terminara de aposentarse por entero. Nadie lo había documentado fuera de los márgenes de una vieja agenda con la espiral oxidada, pero todo el mundo que vivía cerca del casco antiguo lo sabía: en cuanto las nubes cubrían las farolas y el aire olía a hojalata mojada, convenía pasar de largo frente a las puertas de hierro. Alguna vez, esas puertas habían sido el orgullo de la ciudad. Ahora, no.

Rickon White tenía otras preocupaciones, más cercanas y húmedas. El agua goteaba entre sus hombreras, iba empapándole la camisa, y su paraguas acanalado más bien servía para llamar la atención que para mantenerle seco. Caminaba rápido, guardando la cabeza, buscando aquel callejón apenas iluminado. Casi se pasó de largo, pero una silla rota junto a una barandilla de hierro le indicó, como un farol caído, que sí, aquel era el sitio.

Menos de tres personas en la ciudad sabían que ese callejón no alcanzaba fondo por mucho que uno caminara. Era un espiral, sí, pero no uno que bajara o subiera en círculo. En realidad torcía la voluntad de quienes lo andaban. Aaron, el expolicía con el acento galés inconfundible, decía que era una trampa, un arrecife para la mente crédula. Pero Rickon pensaba que el callejón era solo otro recordatorio de la miseria que se había colado en la ciudad desde aquella noche en que la Casa de Gobierno, la de hierro colado y cristal de colores, perdió a su último regidor legítimo.

Rickon respiró hondo, dejó que el agua recorriera las palabras antiguas en su boca: “Gris de puntas, negro hasta el borde, la puerta antigua revela el acorde.” Caminó.

No se atrevió a mirar hacia atrás. Él ya había cruzado ese umbral antes: una vez de niño, por error; otra vez, años después, buscando respuestas a preguntas cuya sola existencia era tabú. Ahora tenía una tarjeta convocando su presencia. Dobló la esquina y emergió, no en el final del callejón, sino en la Plaza de las Estatuas. Aquí las puertas de hierro se apostaban como perros viejos en cada entrada, con relieves tan filosos que podías cortarte con solo rezar demasiado cerca. En el centro de la plaza, otra silla vieja, pero esta era un trono.

No ostentaba oro ni terciopelos, sino un trabajo de herrería tan hermoso como letal. Formas de dragones y enredaderas imaginarias, garras y espinas, se trenzaban por doquier. Lo ocupaba, con aplomo, una mujer pelirroja, la piel clara como si no hubiera visto sol en semanas. Isabel la llamaban, aunque nunca delante de ella. Era simplemente la Condesa.

—Llegaste —dijo la Condesa sin mirarlo realmente, su voz más afilada que la propia silla—. Toma asiento, Rickon. Esta noche los tronos exigen cuentas.

Rickon consideró las sillas dispersas por la plaza. Ninguna le tentaba, pero sabía que quedarse de pie era una insolencia. Se sentó en un respaldo bajo, encajonando sus manos.

—¿Cuántos han respondido a tu llamada? —preguntó.

La Condesa sonrió. Sus incisivos recordaban demasiado a los de un lobo viejo.

—Todos los que pueden, los que se atreven aún. ¿Estás preparado para cruzar las puertas?

Rickon titubeó. Las puertas custodiaban no solo la ciudad, sino algo mucho más profundo en las raíces de la realidad. Había puertas para todo: para los cementerios y para los jardines abandonados, para los teatros fantasmales y los garajes donde los coches no arrancaban desde hacía siglos. Pero esas, las de la Plaza de las Estatuas, ninguna persona cuerda las cruzaba dos veces.

—Vine a escuchar —recitó él, como un mantra.

A su señal, tres figuras emergieron de la bruma que rodaba baja por el suelo empedrado. Un hombre, una mujer y un niño. A cada uno, el trono de hierro —porque en realidad los tres asientos eran también tronos, disfrazados de sillas vulgares— les correspondía sin conflicto, como si hubieran sido diseñados para sus cuerpos.

—La ciudad sangra norte abajo, este arriba —dijo la Condesa—. El Hierro viejo pide tributo.

Rickon sabía a qué se refería. Las leyendas hablaban de una deuda nunca saldada desde la fundación de Manytown. Antes, cuando todo era puro barro y bosque, alguien —una reina, un alcalde, un demonio, nadie lo sabía a ciencia cierta— selló un trato usando los tronos de hierro como promesa y las puertas como guardianes. Desde entonces, toda la ciudad era una arquitectura de pactos rotos.

El hombre que se llamaba Garth carraspeó.

—Lo que la ciudad te reclama, lo sabe el hierro —sentenció. Señaló la puerta más cercana, cuya aldaba asemejaba los dientes de una criatura mitológica. Rickon se levantó, conteniendo el temblor. Sabía lo que debía hacer, aunque las uñas le mordían las palmas.

“Hazlo por la ciudad”, pensó. “Hazlo por tus muertos y por tus vivos. Hazlo porque si tú no lo haces, vendrá otro que lo hará peor, o no volverá en absoluto.”

Cruzó la plaza, acercándose a la primera puerta. El aire cambió; ya no olía a lluvia ni a herrumbre, sino a tierra removida y a un perfume sutilmente podrido, como de flores muertas cuidadosamente dispuestas en un jarrón olvidado.

La puerta no se abrió con la llave que traía, ni con la fuerza ni con palabras blandas. Exigía, como todas las otras, un tributo: una muestra de algo que no pudiera recuperarse. Rickon pensó en sus recuerdos de infancia, en la risa de su anciana tía desvanecida por la demencia, en la carta de amor que nunca se atrevió a enviar. Escogió un recuerdo, lo sostuvo en la mente y lo dejó caer en la ranura antigua. El metal zumbó en respuesta. Se abrió.

Del otro lado de la puerta habitaba la memoria de una ciudad que nunca fue. Casas ajenas, gente que no existía más que en posibilidades rotas, y un trono, idéntico a los otros tres, ocupado por nadie y rodeado de hojas caídas. Rickon avanzó, sintiendo la mirada de la Condesa y los otros sobre sus hombros.

Cada puerta era una decisión. Cada trono, una consecuencia. En la primera habitación, el trono preguntaba silencioso, ¿qué has perdido? Rickon respondió dejando un objeto pequeño —un botón de chaqueta de uniforme policial de su padre, perdido hacía años, hallado en un cajón— y susurrando el nombre de su barrio natal.

La segunda puerta, más oxidada y retorcida, le exigió una promesa. “No volveré aquí a negociar,” juró Rickon, aunque sentía que mentía. Dejó un anillo barato —recuerdo de un compromiso truncado por la traición y el tiempo— y se sentó un instante en el trono que le correspondía en ese lado. El frío del hierro le atravesó hasta la espina dorsal.

La tercera y última puerta era negra como la medianoche y no tenía aldaba visible.

—¿Qué pide esta? —dijo en voz alta. La Condesa estaba detrás de él de repente, aunque no la escuchó llegar.

—Todo pecado último, Rickon. Sólo cruza quien deja atrás el rencor.

Él comprendió al fin. Pensó en su hermano muerto, en los favores impagados, en cada decisión que había alimentado a los fantasmas de la ciudad. Con mucho esfuerzo, soltó la rabia; no solucionaba nada, pero le permitía avanzar.

La puerta se abrió de golpe. Detrás, oscuridad. De pronto, miles de portones se abrían y cerraban en eco profundo, como si toda la ciudad temblara y respirara tras el hierro colado.

Del otro lado estaba la auténtica cámara de la deuda: los cuatro tronos, ahora ocupados por él mismo, niño, adolescente, policía y finalmente, la sombra cansada en que se había convertido. La Condesa se apoyó en su sillón, el único que parecía sostenerla sin astillas.

—¿Ahora entiendes? —preguntó—. Todo trono maldito está hecho, en el fondo, de puertas cerradas y recuerdos nunca enterrados.

Rickon guardó silencio. No necesitaba sentarse, porque ya lo hacía y no lo hacía al mismo tiempo. En algún lugar, la ciudad respiraba aliviada, una noche más. Las puertas se cerraron, y Manytown siguió durmiendo, resguardada —apenas— de los mil horrores que aguardaban justo fuera de sus fronteras, tras los umbrales de hierro.

La Condesa le tocó el hombro.

—Puedes irte. Por ahora, la deuda está saldada.

Al volver al mundo real, nada había cambiado, y sin embargo, Rickon supo que él nunca sería el mismo. Caminó bajo la lluvia, dejándose empapar hasta los huesos; tras de sí, la niebla tragó la Plaza de las Estatuas y sus puertas ominosas, esperando la siguiente noche en que el hierro se sintiera con derecho de exigir tributo.

Y cada vez que pasaba frente a una puerta de hierro, Rickon tocaba tres veces el bolsillo donde guardaba la carta nunca enviada, recordando que los tronos malditos nunca desaparecen… sólo esperan.

Y quizás, algún día, él sería quien convocara a los demás. Porque en Manytown siempre hay tronos vacíos. Y siempre, puertas esperando ser abiertas.

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