Fragmento:
Talión, sin embargo, solo sufría la condena de quien ha amado mal y pagado por ello. Fue antaño tan ardiente como las bestias de Verano, en días cuando Phoenice, la joven reina del fuego, era su amada. Pero la guerra de las estaciones quebró su vínculo, y un juramento de hielo selló sus pasiones en sepulcro de nieve. Así, eternamente, andaba descalzo sobre el mármol helado, preguntándose si la Soledad no era sino el peor de los demonios.
Duración: 07:47
Talión, señor del Invierno, andaba solo en su vasto palacio hecho de aliento y escarcha. Más allá de sus ventanales, los bosques dormían bajo una cúpula de copos, y la luna era un farol azul perdiéndose entre ramas que parecían manos en oración. Había hombres y mujeres en la aldea al pie de su colina de hielo, pero ninguno osaba acercarse más allá del río de aguas petrificadas. Decían que aquel palacio pertenecía a un dios herido, devorador de esperanzas y amoríos —y que quien mirara su rostro, perdería para siempre la calidez de la vida.
Talión, sin embargo, solo sufría la condena de quien ha amado mal y pagado por ello. Fue antaño tan ardiente como las bestias de Verano, en días cuando Phoenice, la joven reina del fuego, era su amada. Pero la guerra de las estaciones quebró su vínculo, y un juramento de hielo selló sus pasiones en sepulcro de nieve. Así, eternamente, andaba descalzo sobre el mármol helado, preguntándose si la Soledad no era sino el peor de los demonios.
Una noche, mientras las estrellas titilaban entre vientos, sintió que algo rasgaba los límites de su reino, tan sutil como una exhalación de esperanza. Bajó la mirada y en el bosque distinguió una figura: una mujer de capa escarlata, avanzando con paso resuelto, los cabellos oscuros como el ala de un mirlo.
Llegó hasta el puente de hielo donde quebraban los relámpagos del norte y se detuvo. Talión sintió que su pecho, petrificado durante décadas, vibraba por un instante. Descendió las escaleras, su capa extendiéndose como una mariposa dormida, y el frío mismo pareció estremecerse a su paso.
“¿Quién eres, dama, que vienes al reino prohibido, traspasando el río que hiela las almas?” preguntó, su voz la de un arroyo en mitad de una noche de enero.
“Me llamo Marion”, dijo la mujer, levantando la vista y mostrando unos ojos castaños, llenos de fuego pese al frío, “y vengo a buscar la flor del Invierno, la única que puede salvar a mi gente.”
La flor del Invierno. Talión supo a qué se refería: un lirio azul, guardado en la cima de su torre más alta, capaz de curar la fiebre que asolaba cada cuarenta años el valle.
“Quien busca al lirio acepta el precio,” recitó Talión, recordando la vieja leyenda que le prohibía dar el don del Invierno sin un tributo.
“No le temo al frío ni a los dioses caídos,” declaró Marion. “Dime el precio, y te lo pagaré yo misma.”
Talión contempló su rostro y en su pecho las aguas antiguas del amor parecieron descongelarse apenas. Podía, pensó, pedirle cualquier tesoro del mundo, incluso su memoria feliz. Pero en aquellos días de absoluto aislamiento, otro anhelo le quemaba, más insidioso que cualquier pasión. “Mi precio es una sola noche. Una noche en que habitarás este palacio conmigo. Compartirás mi cena y mis historias, y de tu viva presencia harás compañía al señor del Invierno.”
Marion lo miró, midiendo su soledad, y asintió. “Una noche, un lirio. No te pediré menos.”
Y así, Marion dejó su capa escarlata en la antesala, y siguió a Talión, que dispuso una mesa de manjares petrificados en el gran salón. El fuego de la chimenea ardía, pero emitía un calor pulido y distante, como un recuerdo borrado del Sol. Conversaron entre tapices de constelaciones y espejos transparentes. Marion relató historias de la aldea: cómo su padre era contador de cuentos, o cómo aprendió a bailar en la plaza sin miedo al juicio de los otros. Talión, cautivado, le narró los antiguos días de oro, cuando danzaba bajo los astros con la reina Phoenice, y cada estación era una promesa.
Cuanto más hablaban, más sentía Talión que el hielo en sus venas era inquietado por una luminiscencia antigua. Los muros dejaron de temblar; la soledad retrocedía, desplazada por una compañía inesperada.
“¿Eres feliz, Marion, aun en esta noche de hielo?” preguntó Talión, temeroso de su propia avidez.
Ella lo miró, y el resplandor de la chimenea se reflejó en sus pupilas. “La felicidad es rara. Pero hay momentos que la contienen en el germen. Ahora mismo, aquí, yo pondría mi felicidad en vilo para salvar a otros—y en parte, para no sentirme igual de sola que tú.”
Talión, que nunca había pensado que otros pudieran cargar su misma sed de infinitud, bajó la cabeza estremecido. En ese instante, sus manos, huesudas y frías, rozaron las de Marion. No fue un gesto calculado, sino tan espontáneo como la caída de un copo.
Ella no apartó la mano. Sintió, sí, el frío. Pero comprendió que era el frío de alguien demasiado tiempo privado de piel humana, y no del odio o el miedo.
La noche prosiguió entre diálogos y silencios. Marion preguntó sobre el lirio azul, ese prodigio invernal que era curación y condena. Talión suspiró: “Es un don que sólo germina en la más absoluta quietud, como el amor que resiste a la tormenta.”
Marion asintió: “Entonces haré de tu soledad un jardín: durante una noche, sólo existiremos tú y yo.”
Y danzaron, un lento vals de pies descalzos sobre mármol helado, y los ventanales se cubrieron del vaho de sus risas. La pasión surgió, tímida, de la calidez contenida. Marion buscó en los ojos de Talión la señal de humanidad perdida, y la halló en un destello furtivo, como un alba luchando contra las sombras.
Cuando, por fin, la media noche se despeñó sobre el mundo, Talión condujo a Marion a la torre más alta del palacio. Allí, en el alféizar, brillaba el lirio azul, entre destellos de escarcha tallada.
“Debo advertirte, Marion: quien toma esta flor lleva consigo un pedazo de mi Invierno. Puedes salvar a tu pueblo; pero, durante el resto de tus días, conocerás la nostalgia de este palacio, el anhelo por volver. Yo también pagaré el precio: por cada noche en que tú sueñes con este lugar, mi soledad se hará más leve.”
Marion arrancó la flor con manos firmes y miró a Talión. “Entonces que así sea. Mejor nostalgia y memoria, que olvido y desolación. Y puede que, con el tiempo, encuentre un sendero que una tu reino y el mío.”
Talión sonrió, y en su boca la tristeza se deshacía como nieve al sol. “Eso deseo, Marion: que el sendero exista, aunque sea de esperanza.”
Marion abrazó a Talión, y por un momento ambos estuvieron envueltos en una luminiscencia dorada, mezcla de fuego y escarcha, esbozando la promesa de un amor que podría, quizás, curar incluso a los dioses caídos.
Al amanecer, expiando el precio de la magia, Marion descendió la colina con el lirio azul. La peste del valle cedió ante el poder de la flor, y su gente celebró el milagro. Pero cada vez que caía la nieve en su pueblo, Marion sentía en su corazón el eco lejano de un vals sobre mármol helado, y cada noche invernal sus sueños vagaban hasta el palacio imposible, donde un dios solitario tejía con hilos de escarcha y deseo la esperanza de un reencuentro.
Talión, en su palacio, había cambiado. El hielo que lo cubría tenía ahora vetas de calor; los ventanales dejaban entrar luces más variables y humanas; la soledad era menos abrumadora—porque, de alguna manera, el amor de Marion, aunque lejano, se había entrelazado con su propia condena. Y así, noche tras noche, aguardó al borde del abismo por ese segundo encuentro, tenue como el primer brote de un nuevo ciclo.
Porque el amor, incluso en el corazón más helado, tiene la fuerza para desafiar cualquier maldición.
Y así, entre escarcha y anhelo, el señor del Invierno y la dama del fuego prometieron, en el fondo de sus almas, que las estaciones nunca más serían enemigas, sino amantes en eterno abrazo.
Y en las aldeas y los reinos, la leyenda susurró otros finales, pero ninguno tan verdadero como aquel prometido con la primera flor azul del nuevo mundo.
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