Portada del relato Cantos para aquellos que se retrasan en los cruces
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Fragmento:


Hisran no hizo pregunta, solo tomó su vara y siguió, porque el dolor del mal paso es sordo y no admite dilación.

Duración: 08:28

Cantos para aquellos que se retrasan en los cruces
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Texto de ajuste de pausa.

En la garganta lejana de una montaña, donde la escarcha imprime poemas invisibles sobre la piedra y el sol solo es un rumor, vive la pequeña aldea de Tigal. Hay terrazas de cebada que trepan los lomos de la tierra, hay cabañas de techos bajos y ventanales transparentes que filtran la luz casi con recelo; pero nada de eso es lo primero que un forastero vería. Son las figuras suspendidas en el cielo—bestias de plumas abisales y ojos sin párpado—que se recortan en las mañanas neblinosas como agujas en un telar de nubes.

Por generaciones, las gentes de Tigal han convivido con sus custodios alados, a quienes no dan nombre humano ni apodo doméstico. Prefieren honrarlos en silencio, recibiendo la incierta gracia de su sombra y acatando la ley primordial: a nadie le es dado enterrar a sus muertos. Cuando la muerte llega, el cuerpo es dispuesto en la Roca del Descanso, entre los riscos altos y ventosos. El resto es asunto de las bestias, y de lo que ellas confían al éter.

No se cree en dioses aquí, ni en la continuación del mundo tras la curva de la visión. Los habitantes de Tigal creen en otra continuidad, una danza: cuando las bestias con alas de bronce y cobre descienden sobre la carne y la deshacen, algo se libera—el alma, sí, pero aquí la llaman hálito eterno—y el viento se lo lleva, arriba, hasta las corrientes superiores. No es una liberación absoluta; hay quienes han visto, durante el crepúsculo, miradas familiares en la forma de un pájaro, en el temblor de la bruma, o escuchado voces queridas musitadas entre las ráfagas.

Se cuenta de casos, sin embargo, donde la transferencia falla. A veces, los corazones demasiado pesados, las almas tan añorantes que no pueden ser arrastradas ni por el más obstinado de los vientos, se quedan. No completamente, no como fantasmas que acechan. Son, más bien, presencias persistentes: una tristeza que nunca despeja, una risa por la mañana que solo el más viejo reconoce, un leve aleteo en el pecho de los vivos.

A la separación correcta entre carne y hálito eterno se le llama buen paso. Cuando las bestias obraron su ceremonia, la familia puede saber que el tránsito fue seguro porque el viento sopla desde el norte, despejando las últimas cenizas del hogar, y el fuego responde, vivo y sin crepitar. El mal paso, en cambio, se arrastra noche tras noche, hasta que la casa se marchita y la sangre de los linajes se vuelve hosca y amarga. Para esto, hay sólo una respuesta: la abuela Hisran.

Su nombre se pronuncia con respeto, con una sombra de temor. Vive sola en una casa redonda, lejos de las terrazas y los fuegos. Sus ojos, de un azul tan pálido que parecen hechos de escarcha vieja, son los únicos en la aldea que han visto, de cerca, el pliegue entre lo que se libera y lo que permanece.

Hisran nació con la marca—un lunar blanco en la frente—y la gente supone que fue así elegida por las bestias mismas, aunque nadie recuerda verla elevada por sus garras. Cuando la llaman, acude envuelta en capas de lana apretada, cargando una vara azulada que nunca deja a otro tocar. Sabe de melodías y ofrendas; conoce las velas que no humean y sabe cómo frotar los huesos encontrados por la mañana para pedir consejo.

Esa tarde, el mensaje la encontró moliendo raíces en su puchero. Era Enda, la joven pastora, los ojos hinchados y la garganta vibrando de ansiedad.

—Es mi madre, Hisran. No sopla el norte desde que la llevamos a la roca.

Hisran no hizo pregunta, solo tomó su vara y siguió, porque el dolor del mal paso es sordo y no admite dilación.

Cruzaron la aldea mientras las bestias giraban lentas, con alas extendidas como abanicos de obsidiana. La madre de Enda había sido una mujer querida, de risa fácil y manos laboriosas, pero desde su muerte el aire en su casa se había espesado, como si una sábana invisible castigara los movimientos de los vivientes.

—Veremos —dijo Hisran, al entrar— si alguna palabra quiere ser dicha.

Se sentó ante el fuego apagado y, con la vara, trazó en el polvo del suelo una espiral; cantó, en su lengua vieja, una melodía casi desapercibida. El viento afuera se detuvo, incluso las bestias pausaron, y por un instante los ladridos de los perros y el chasquido de leña al romperse cesaron como si el tiempo contuviera el aliento.

Un leve susurro, casi una risa sofocada, emergió detrás del hogar, y la llama en las velas tembló entre rojo y azul. Enda, con los puños tensos, miró a Hisran.

—Ella no sabe despedirse —dijo la anciana al fin—. Le pesa demasiado lo que no te dijo.

Hubo lágrimas, un intercambio de promesas, y una ofrenda de pan quemado dispuesto en el alféizar. Pero no bastó; esa noche, Enda soñó con el borde del risco, con su madre agarrada al aire en acto de caída, el viento enmarañando sus cabellos agotados.

La noticia fue como siempre: discreta, rápida. El siguiente amanecer, tras la segunda visita de Hisran, Enda no se encontraba. Nadie le vio en las terrazas, ni en los graneros. Los niños, que madrugan a menudo, dijeron que la vieron subir por la senda de la Roca del Descanso apenas asomaba la aurora, la figura erguida y decidida.

Algunos adultos corrieron detrás, otros, como sucede donde la costumbre y el miedo pactan, fingieron no haber oído. La niebla protegía el ascenso y la soledad era la consorte de los decididos; así, no fue sorpresa que Enda estuviera ya en la cima, frente a las bestias.

Había tres a la espera, sus alas plegadas y sus ojos rumiando una ausencia. Uno, más antiguo, con plumas de ceniza y un hueco allí donde debería estar el pico, pareció inclinarse ante la joven.

Enda habló, su voz arrastrada y aguda:

—No me dejes hablar solo a los vientos. Necesito a mi madre aquí, no en la corriente superior. Devolvedla, al menos por esta despedida.

Las bestias debatieron, su lenguaje una mezcla de relinchos y chasquidos. El más anciano se elevó, giró tres veces sobre la roca, y entonces algo descendió, no visible para los ojos de los hombres, pero sí para los abiertos por el pesar o la fe.

Una luz, blanca y temblorosa, flotó entre Enda y la bestia, y en ese espacio bajo la gran bóveda celeste, la joven entendió la promesa no dicha.

—Te amo, hija. No hubo nunca palabra suficiente; en el viento, en la tierra, siempre cuidaré tus pasos —dijo la voz, aunque Enda sabía que no eran palabras en el aire, sino certezas instaladas ahora en el barniz de su conciencia.

El vuelo de las bestias fue entonces solemne, sus cuerpos casi rozando la piedra. Cerraron la ceremonia con un estruendo de alas y el viento del norte sopló al fin, barriendo la escarcha, abriendo puertas y despejando chimeneas. La casa de Enda recobró calor, y el mal paso se deshizo, como un nudo olvidado.

Hisran, abajo en la aldea, notó la marea del cambio. Durante el banquete de la noche, donde cada casa comparte una cuchara de su mejor caldo, dijo:

—El amor es una bestia con alas. Sólo muerde cuando olvidamos soltarlo.

Miradas esquivas, risas cortas, y la vida retomó sus ciclos. Enda se hizo vieja, sus cabellos como raíces de zarzamora, pero nunca volvió a temer el día en que sería llevada a la Roca. Sabía, como sabían los sabios, que en la corriente superior aguardaban presencias familiares, que tal vez no hay más gloria que saber despegar en la hora justa, ni mayor tormento que resistirse a ese aleteo final.

Cuando al fin llegó su turno, la gente subió en procesión. Hisran, para entonces, era un eco de memoria. Las bestias aguardaban, iluminadas por la escarcha, y el viento del norte bailó, ya en la hora temprana. Nadie lloró porque el paso fue ligero; Enda se alzó, y desde el río del aire, dejó tras de sí solo la huella de su risa, la certeza abriéndose paso entre las plumas de quienes aún vivían, y la historia siguió, girando con las alas de los custodios, danzando en la memoria del viento.

Las muchachas del presente siguen mirando de reojo la gran Roca. Se preguntan, a veces, cómo será el peso del último suspiro, si los pasos de los vivos también bailarán con los ecos del amor y la pérdida. Solamente una verdad no se disuelve: cada alma que sube, sube llevada por una caricia alada y, al final, todo lo que importa es con cuánta ligereza podemos dejar partir el cuerpo, mientras la memoria se disuelve, sin mal paso, en el gran ciclo de las corrientes superiores.

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