Portada del relato El Sillón de la Nebulosa Sangrienta
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Fragmento:


Esa mañana, cuando los cirios de plasma aún chisporroteaban contra la negrura del gran salón, Althira recibió la visita de su hermana exiliada. Viena Vey regresaba de la Piedra de Erisen, una colonia menguada cuyo futuro dependía del humo de las máquinas ecológicas y la bendición de una loba con tres cabezas. Ambas hermanas sabían que los lazos familiares eran débil blindaje ante los designios de la Guerra Estelar.

Duración: 08:29

El Sillón de la Nebulosa Sangrienta
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Texto de ajuste de pausa.

Había quienes decían que en los confines de la galaxia existían portales secretos, y que por ellos transitaban los grandes saqueadores de tronos, señores cuyo único propósito era arrebatar el poder a quienes lo portaban. No eran solo asaltantes ni dictadores: su arte estaba en la espera y la paciencia, en el antiguo dominio del juego político entre planetas, estaciones y naves estelarizadas, todo inscrito bajo la observación insondable de dioses menores, entidades que apostaban por ellos en las noches largas de la eternidad.

Althira Vey ostentaba el trono de Helion, un astro moribundo rodeado por escombros de imperios caídos. El trono, forjado hacía centurias por sabios magos científicos, parecía una intrincada red de zafiros cargados, hilos de energía capilar chisporroteando cada vez que la soberana pensaba en voz alta. Bajo sus pies se extendía una corte tan gloriosa como corrupta; tras sus paredes, la amenaza de la Flota Carmesí, una armada enemiga que cada cincuenta años volvía convertida en leyenda, reclamando para sí todos los mundos donde alguna vez flotó polvo estelar.

Pero ni los generales ni los ministros sabían que lo que maldecía el trono de Helion no era la codicia externa, sino el eco de un juramento olvidado. Quienes se sentaban en él soñaban, implacablemente, con escaramuzas ocurridas en sistemas donde nadie más había vivido. Sentían, en el silencio entre pulsos del trono, los gritos de los anteriores reyes y del propio astro, sufriendo en su lenta muerte.

Esa mañana, cuando los cirios de plasma aún chisporroteaban contra la negrura del gran salón, Althira recibió la visita de su hermana exiliada. Viena Vey regresaba de la Piedra de Erisen, una colonia menguada cuyo futuro dependía del humo de las máquinas ecológicas y la bendición de una loba con tres cabezas. Ambas hermanas sabían que los lazos familiares eran débil blindaje ante los designios de la Guerra Estelar.

—Sé por qué has venido —dijo Althira con voz de trueno bajo, mientras su piel reflejaba destellos azulados del trono—. Vienes a pedirme la alianza, y a cambio exiges la corona.

Viena, siempre directa como las espadas más antiguas, se sentó en el escalón más bajo y dejó fluir el silencio tanto como el protocolo lo permitía.

—Helion se agrieta —dijo al fin—. Tus astrónomos ocultan la verdad, pero todo el mundo lo siente. El Trono te pudre por dentro, hermana. Si no dejas que alguien más lleve el peso, todo el linaje terminará consumiéndose como las llamas del núcleo.

—He visto cosas en los sueños —replicó Althira—. Sueños que pertenecen a las generaciones extintas y a los futuros no nacidos. Veo batallas de años-luz, veo ejércitos torturados por la búsqueda infructuosa de quietud. Este poder… no podemos consentir que vuelva a caer en manos de querellantes imprudentes. No confío en nadie.

Fuera de la cámara, la cortez reluciente de Helion bullía de habladurías. Había llegado el tiempo predicho por los augures: el período de debilidad, cuando el eje del poder se tambaleaba. Sabían que la Flota Carmesí, al mando de la almiranta Lys Varkonnen, se acercaba dejando tras de sí planetas desventrados y lunas raídas hasta el hueso.

Cuando el crepúsculo cayó sobre el hemisferio de Helion, las alarmas resonaron entre las torres. Las naves enemigas, enormes leviatanes de metal y odio, cruzaban los abismos con el mismo sigilo con el que se deslizan los sueños oscuros hacia la mente.

***

Althira y Viena, unidas al final por la sangre y el instinto de supervivencia, nombraron a los Doce Regentes: figuras enmascaradas cuyas filiaciones, tan ocultas como sus nombres, debían decidir el siguiente movimiento. Althira encomendó la defensa al coronel Thyisio, cuyo pasado tantas veces había sido discutido entre susurros, y la diplomacia a su hermana. "Negocia si puedes", ordenó Althira, "pero si debes perder el mundo, destrúyelo antes de entregarlo."

Viena, con su séquito marcado por sombras, viajó en una astronave de doble casco hacia el navío insignia de la Flota Carmesí, el Dragón de Sangre. Allí, Lys Varkonnen la esperaba sentada en su propio trono portátil, un artefacto de hueso y metal oscuro, rodeado por los jurisconsultos guerreros de su flota.

—La muerte no reconoce linaje —dijo Lys, mientras Viena se sentaba frente a ella—. Mis dioses apuestan por mí, porque les garantizo conflictos frescos. ¿Qué me ofreces que valga más que la posibilidad de devorar tu sistema entero?

Viena tenía una sola carta, y la jugó con una sonrisa tan fría como el exilio.

—El trono de Helion es más que una joya para tu corona sangrienta —susurró—. Está maldito. Consume a quienes lo reclaman y no distingue entre usurpadores ni herederos. ¿Estás tan deseosa de ponerte una corona que te arranque la piel desde dentro?

Hubo un titubeo —apenas una grieta en la impecable máscara de Lys—, y Viena la percibió al vuelo. La sala se llenó en silencio del rumor de lo inevitable: ni la victoria ni la derrota serían limpias.

***

Mientras las negociaciones se estancaban, comenzó la verdadera batalla. El espacio mismo ardía: destellos de amarantos, azules eléctricos y púrpuras letales cruzaban la negrura, desintegrando naves, precipitando restos sobre Helion. Jinetes de plasma cabalgaban por los canales gravitacionales hacia las torretas orbitales. Althira veía todo desde el trono, sintiendo cómo la energía de todos esos muertos se sumaba al peso en su pecho.

No luchaban solo naves y marines, sino también espectros de antiguos reyes, liberados cada vez que el trono sufría una conmoción. Bajo el palacio, en las cámaras selladas por el antiguo pacto de sangre, los susurros se intensificaban; a veces, palabras atropelladas recorrían los pasillos y el eco sembraba el pavor entre los más jóvenes del servicio.

Hubo un momento, apenas un pulso interestelar, en que las defensas de Helion colapsaron. La Flota Carmesí lanzó un asalto final sobre las cúpulas, y el palacio crujió. Althira, exhausta, comprendió en ese instante que el trono era el verdadero adversario. Miles de años atrás, los arquitectos del poder lo habían hecho para que nadie lo deseara demasiado, para que el peso del mando estuviese teñido siempre por el espectro de la devastación.

Cuando Lys Varkonnen atravesó la sala en ruinas, custodiada por bestias biomecánicas y rodeada de luz roja, encontró a Althira aún sentada.

—Al fin —dijo Lys con voz ronca—. El trono es mío.

—Prueba tu suerte, hija del fuego —respondió Althira, un leve temblor en las comisuras de su boca.

Lys se sentó, y todo el palacio tembló. Los sueños revueltos, las voces de los caídos, las batallas estelares no libradas y los tronos saqueados comenzaron a gritar en su interior. Sintió la mirada de los dioses menores, decepcionados, retirando sus apuestas una a una.

—¿Qué has hecho? —alcanzó a preguntar Lys, mientras el trono cerraba sus mandíbulas de energía a su alrededor, destilando amargura ancestral.

Viena, desde las sombras, observaba. Había llegado con la intención de destruir, pero el espectáculo la desbordaba. El trono sólo sobreviviría si el linaje aprendía a no quererlo demasiado, a huir de su tentación. Lys, como todos los invasores, era incapaz de soltarlo ahora que lo poseía; la gloria se volvía polvo entre los dedos.

En los días que siguieron, Helion ardió, pero no fue conquistado. Bajo las cenizas de la guerra, entre los rescoldos de ambiciones tan antiguas como el polvo interplanetario, Viena entendió la verdad del linaje maldito: nadie ganaba jamás el juego de los tronos. Quienes aspiraban a la cima quedaban atrapados en ella, eternamente acechados por los mismos fantasmas que su ambición había liberado.

Y aun así, noche tras noche, los profetas de la Nebulosa Sangrienta seguían susurrando en sus chozas orbitales: “Al final, el trono encontrará a su legítimo portador: aquel capaz de recordar todos los caídos y perdonar incluso a su enemigo.”

Hasta que eso sucediera, las estrellas seguirían devorándose unas a otras, en una eterna danza de batallas y maldiciones, bajo el brillo helado de coronas que nadie envidiaba y que todos temían. El trono seguiría brillando, cada vez más tenue, cada vez más triste, esperando a alguien que, al fin, le ofreciera descanso y olvido. Y en las fronteras de la galaxia, mientras nuevos señores soñaban con lo imposible, la historia proseguía, hilando noches interminables donde la gloria y la ruina eran la misma y única luz.

FIN

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