Portada del relato Susurros en la Tormenta Altiva
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Fragmento:


Mientras Lerai admiraba la danza monstruosa, vio cómo una de las bestias, de escamas iridiscentes y cuernos relucientes, guiñaba un ojo al aire quieto, enfocando su mirada en ella. Por un breve instante, se preguntó si acaso el miedo olía tan fuerte como lo decían los cuentos, o si el peligro era simple aceptación del olvido.

Duración: 08:22

Susurros en la Tormenta Altiva
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Texto de ajuste de pausa.

Hay un rumor entre los vientos abrasados de Almaris, donde la arena canta su eterna canción y las ciudades flotan como fragmentos de sueños arrastrados por corrientes invisibles. Un susurro que primero nace tras los labios resecos de los pastores y termina rugiendo en los salones de los príncipes de altísimo linaje. Dicen que, cuando el cielo se desgarra y los relámpagos bailan sobre las dunas, los dragones —aquellos venerados, temidos y olvidados— bajan a buscar a los hijos de la arena.

Durante años, la gente de la Ciudad Errante de Mirkat han temido ese momento. Mirkat fue, según los textos antiguos, un capricho de dioses que odiaban el tedio de la tierra firme; una metrópolis cinética, ceñida por cinturones de piedra y grandes globos de aire mineral, continuamente desplazándose por el Mar de Zephyra, soñando siempre con un puerto que jamás existió. En sus terrazas de cristal polvoriento, la nobleza se reclinaba al atardecer, observando con una mezcla de arrogancia y temor las corrientes tormentosas del cielo, esperando las señales de la venidera caza.

Lerai era hija de los desposeídos, los que limpiaban las plataformas y reparaban los mecanismos de flotación, los que jamás probarían vino en una copa de ónix ni serían convocados para los bailes bajo los candelabros en los Palacios de Arena. Tenía el cabello tan dorado como las dunas bajo el sol del mediodía y las manos surcadas por cicatrices de cuerdas y engranajes. Y, aunque la vida en Mirkat le prometía nada más que fatiga y una muerte temprana tragada por alguna tormenta inesperada, ella soñaba con ver lo que había más allá del horizonte desenfocado de calor.

Una noche, mientras acechaba con otros dos marginados la base de las murallas flotantes en busca de algún puñado de grano caído, el cielo se prendió de un fulgor desconocido. El viento olía a sal, como si un mar lejano hubiese exhalado sobre la ciudad errante, y los susurros se volvieron gritos: "¡Vienen! ¡Ya están aquí!"

Mirkat entera entró en estado de alarma. Al principio, Lerai pensó en correr a uno de los refugios subterráneos, pero recordó las palabras de su abuela: "El trueno es música para los elegidos; el miedo, un refugio para los olvidados." Algo en su interior, tal vez el rencor por una vida incompleta, eligió ese momento para desafiar la prudencia. Trepó con torpeza por un saliente de torre y, de pronto, estuvo a cielo abierto.

Allí los vio: dragones celestes, vastos como quebradas, cubiertos de escamas tan nítidas como fragmentos de vidrio celestial. Suspendidos sobre la ciudad, danzando en la tormenta, eran criaturas de un azul profundo, con penachos de luz que chisporroteaban y se disolvían en la noche. Sus ojos, incendios atrapados en cuencas titilantes, escrutaban las calles y plazas abajo, buscando...

—¡Están eligiendo! —gritó uno de los pastores, escondido bajo una tarima rota.

Porque los dragones no venían a devastar ni a saquear. No, elegían. Cada generación, durante la Tormenta Altiva —esa furia ciclónica que soltaba arenas ardientes sobre todo el mar del desierto, y solo las ciudades elevadas podían sobrevivir—, descendía uno de esos príncipes del cielo para reclamar a un humano. Las leyendas oscilaban entre el horror y el honor: los elegidos podían volverse parte de la corte celestial o ser devorados, regresando hechos polvo en la siguiente tormenta.

Mientras Lerai admiraba la danza monstruosa, vio cómo una de las bestias, de escamas iridiscentes y cuernos relucientes, guiñaba un ojo al aire quieto, enfocando su mirada en ella. Por un breve instante, se preguntó si acaso el miedo olía tan fuerte como lo decían los cuentos, o si el peligro era simple aceptación del olvido.

Una voz retumbó en su interior, un idioma anterior al nacimiento o al dolor: "Súbete. El juicio será ahora."

El dragón descendió, majestuoso, y el aire mismo tembló. Lerai sintió que todo en ella, sus recuerdos, sus vergüenzas y anhelos, se adecuaban al ritmo de las alas inmensas. Trepó por las vigas, aferrándose a escamas que quemaban y, en un parpadeo, estaba montada sobre el lomo del ente celestial. La arena volaba en remolinos, y la ciudad completa se convirtió en una constelación de luces llorosas y gritos.

Ascendieron.

La ciudad pronto pareció un juguete entre las nubes. Abajo, las arenosidades cubrían el mundo como un manto de terciopelo sucio. Arriba, el espacio era azul oscuro, plagado de astros que titilaban apenas.

—¿Por qué yo? —se atrevió a preguntar Lerai, sintiendo la voz quebrada por la presión.

—Porque el dolor es un idioma que no todos saben hablar. Y el deseo de cambio es la primera señal de la sangre eterna —respondió el dragón, sin abrir la boca, pero vibrando en cada hueso de su jinete.

Volaron durante horas, o tal vez segundos. El tiempo se distorsionó en esas alturas irreales, sobre dunas agitadas por relámpagos y bajo nubes que goteaban fuego pálido. Otras ciudades de arena pasaban, algunas destruidas, otras danzando en la tormenta, invisibles para ojos mortales.

Finalmente, el dragón descendió sobre una sala infinita tallada en la propia nube. Había allí otros humanos, algunos de rasgos tan antiguos como la luna, con la piel y el cabello entretejidos de cristales y polvo. Todos miraban a Lerai con una extraña mezcla de compasión y expectación.

—Bienvenida al juicio. Aquí se decide si te unirás a nosotros o si tu memoria será borrada, disuelta con la arena de la próxima tormenta.

Lerai vio, con horror y maravilla, que aquellos otros "elegidos" habían sido, en su tiempo, como ella: apartados, ninguneados, silenciados por el peso de ciudades que nunca cesaban de moverse. Ahora eran algo distinto, híbridos de carne, memoria y un cruel resplandor azul.

—¿Qué pruebas debo superar? —preguntó.

Un dragón de escamas traslúcidas, que parecía modelado en la niebla misma, habló:

—Debes jactarte sin mentir sobre tu mayor virtud. Debes recordar, palabra por palabra, el dolor más antiguo que hayas sentido. Finalmente, compartirás un deseo que nunca tuviste el valor de intentar.

La sala vibró. Lerai se enderezó, sintiendo en sus venas la furia y la grandeza de todas las tormentas que alguna vez asolaron Mirkat.

—Mi mayor virtud es la resistencia. No porque quiera cargar con todo, sino porque nadie más lo hará sí no lo hago yo —dijo, la voz firme.

El dragón inclinó la cabeza.

—Cuando tenía siete años, mi madre fue arrastrada por un reventón de arena. Supe en el fondo que el mundo prefería llevarse a los buenos que mejorar la suerte de los malos. Eso me marcó —susurró.

En ese instante, una brisa helada recorrió la sala; Lerai supo que todos, incluso los dragones, sabían lo que era perder algo irremplazable.

—Mi deseo... nunca me atreví a soñar que podría ver el corazón de una tormenta y sobrevivir. Si sobrevivo a esto, quiero ser quien cambie la ruta de Mirkat, para que dejen de vagar hacia el olvido y puedan elegir su propio destino.

La sala estalló en rumores. Los otros humanos, dragónicos ya, murmuraban y asentían. El dragón que la trajo señaló hacia la ventana de arena.

—Has dicho la verdad, has compartido la herida y has tenido valor por los tuyos, no sólo por ti. Elige: ser polvo entre los cielos, o quedarte con nosotros. Pero si eliges quedarte, jamás tendrás un regreso sencillo. Toda elección es una renuncia, y los dragones de la tormenta jamás olvidan.

Lerai miró, allá abajo, la ciudad de Mirkat. Recordó los gritos, las noches de hambre, pero también los destellos de esperanza. Miró a la comunidad de los elegidos y a sus tormentosos anfitriones. Había en su pecho una certeza: que el cambio solo puede venir de quienes han tenido el coraje de mirarse a sí mismos en medio del horror.

—No seré polvo —dijo Lerai, voz clara—. Seré viento.

Y así, en una danza imposible, el dragón celeste se fundió con su carne. Sentía la fuerza de los cielos, la memoria de cientos de tormentas; podía ver todas las rutas inciertas que Mirkat podría tomar. Descendió sobre la ciudad errante, no como prisionera o devorada, sino como una nueva tempestad, guiando a los suyos hacia un destino que al fin, merecían elegir.

En sus alas nacientes y su canto nuevo, la ciudad durmiente despertó y supo, quizá por primera vez, que el trueno también podía ser promesa.

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