Portada del relato Los corredores del cristal negro
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Fragmento:


—Fuiste advertida —susurró la figura—. Sólo los marcados pueden ver la senda cuando llegue la hora. Debes cruzar el Umbral antes del tercer aullido del ***lupharón***. Si fallas, la Marca te devorará desde dentro.

Duración: 08:07

Los corredores del cristal negro
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Texto de ajuste de pausa.

Era una noche hecha de sombras aceitosas y un frío inusual, incluso para la Linde de Las Centellas. Los muros de Atur, elevados hasta perderse en la neblina, respiraban cánticos antiguos, ecos de una ciudad abatida por los siglos y mantenida en pie sólo por la terquedad de sus habitantes y las fuerzas oscuras que merodeaban más allá de su comprensión. Nadie, ni siquiera la Duquesa que gobernaba desde su torre de cristal negro, afirmaba conocer todos los secretos de Atur. Pero había quienes aceptaban pagar el precio por descubrirlos.

Aïnara se movía silenciosa entre los callejones, su capa empapada de la garúa que no cesaba desde el cuarto crepúsculo. Nadie la vio pasar bajo los arcos que conducían al Viejo Mercado, donde los comerciantes temían alzar la voz después de medianoche y las sombras parecían tramar conspiraciones propias. Siguiendo instrucciones que sólo ella había leído, deslizó un óbolo de plomo en la ranura de la estatua que representaba a un lobo con tres colas, y la piedra, tras resistirse con gruñidos secos, giró hacia un lado.

Un pasadizo se abrió ante Aïnara. Olía a médula, a agua estancada y a una promesa que no podría recuperar. Descendió los peldaños con una linterna de fuego verde, briznas de luz moviéndose como lenguaje encriptado sobre las paredes cubiertas de líquenes. Se preguntó si estaba preparada para el destino que le esperaba al final de ese descenso. Era lo que deseaba desde el día en que los Cazadores de la Duquesa se llevaron a su hermano menor, acusándolo de practicar el arte haérmico, esa alquimia prohibida de la carne y la piedra, del miedo y del poder.

Al fondo del corredor, tras una verja de madera petrificada, aguardaba una figura sin rostro. Su cuerpo era alto y vestía con jirones de sedas de diferentes tiempos, como si esa criatura hubiese recorrido los calendarios mismos, despojándose de su identidad y adoptando nuevas con cada ciclo.

—Llegas tarde —dijo una voz que no salía de la figura, sino desde dentro de la pared. La misma voz que había guiado a Aïnara a través de los pasos del ritual.

—No fue fácil reunir todos los componentes— contestó ella, ajustando la capucha para que sólo brillaran sus ojos grises —, los glifos del arpa, la raíz de los montes alejados, la sangre virginal de una loba lunar...

La figura extendió una mano de dedos desproporcionados y palidez mineral. En este lugar sin tiempo, el intercambio de prodigios fue breve: Aïnara entregó los objetos envueltos en lino, sintiendo que cada pieza arrancaba fragmentos de su propia historia.

—¿La marca? —preguntó ella.

El ser señaló su propia frente, revelando una runa antiguamente tallada, tan vieja que parecía anterior al lenguaje. Aïnara relampagueó el índice sobre su piel, repitiendo el gesto; sintió el ardor inmediato, como si un reducido sol hubiera sido tatuado en su carne. Pese al dolor, no apartó la mano.

—Fuiste advertida —susurró la figura—. Sólo los marcados pueden ver la senda cuando llegue la hora. Debes cruzar el Umbral antes del tercer aullido del ***lupharón***. Si fallas, la Marca te devorará desde dentro.

La figura desapareció como un eco que se apaga a voluntad, y la verja, que se suponía cerrada, ahora se hallaba abierta al otro lado. Había un pasillo más, un laberinto que vibraba entre el presente y el recuerdo. Aïnara avanzó sintiendo cómo el aire se espesaba, pesando sobre su pecho, mientras la marca palpitaba. A cada paso, sus pensamientos se entrelazaban con imágenes: la infancia secuestrada por la tiranía de la Duquesa, corrientes subterráneas de miedo y deseo, el rostro de su hermano bajo el tapiz de la celda.

Más allá de la última curva, aguardaba la Cámara Sin Fondo. Aïnara no se sorprendió: había leído sobre ella en los fragmentos extraviados de las Crónicas del Olvido. Ocupaba un espacio imposible, ni caverna ni cámara, sino una grieta en la realidad donde las paredes vibraban al ritmo de los recuerdos sacrificados. En el centro, reposaba una columna tallada con rostros en contorsión. Sobre la columna, un libro con cubierta de bronce ajustada con cuero de desconocida procedencia.

El libro, Aïnara lo supo de inmediato, era la Llave. En susurros que olían a ozono, la Marca en su frente decía: “Recupera a tu hermano. Ofrece a cambio una página de tu propio destino”.

Mientras se acercaba, sintió que cada mirada de los rostros en la columna la arrancaba fuera de sí, mostrándole destinos posibles: el de una mujer caída al abismo, el de una heroína muerta en el asedio de Atur, el de una reina sin amor, asistiendo a la ejecución de los suyos desde una torre demasiado alta y fría.

No obstante, Aïnara extendió las manos hacia el libro. El cuero resultó casi tibio, como piel aún viva. En cuanto lo abra, la cámara se llenará de gritos no proferidos, de conciencias que no desean ser olvidadas. Permitió que el sortilegio la arrastrara allí donde habitan los pactos, donde las decisiones se dilatan eternamente y los nombres pierden sus significantes. De algún modo, se mantuvo firme.

—Hermano mío… —susurró, consciente de que nombrarlo era amarrar su destino a ese eco.

El libro se abrió ante ella, folios girando en un viento de otro mundo. Frases surgían y desaparecían, escritas en indexibles glifos. La Marca instruyó: "Escoge la página de tu futuro. Borra una posibilidad y, a cambio, la celda de tu hermano se abrirá tres veces antes del alba".

Era un sacrificio asimétrico. Recuperar a Enuin, condenarla a ella a un futuro amputado; su vida sería menos completa, alguna felicidad posible, jamás vivida. Pero la elección ya estaba hecha desde el inicio de su descenso. Eligió una página al azar —o creyó hacerlo— sabiendo que, en la Cámara Sin Fondo, ningún gesto es accidental. Un dolor punzante la atravesó de la frente al vientre. Sintió perder algo no identificado pero vital. Un amor que hubiese sido, una hazaña, quizá el perdón de sí misma tras la guerra.

Al instante, el libro cerró sus fauces y la columna absorbió la página elegida, devorándola con avidez. Los rostros en la piedra sonrieron y lloraron alternadamente.

El regreso a la superficie fue casi inmediato. Aïnara no recordaría luego los pasos dados, el perfil de los corredores, ni la figura sin rostro. Sólo reconocería el color del alba cuando, tambaleante, entró en el patio de las celdas de la Duquesa y allí, junto a la puerta de la celda número trece, encontró a su hermano Enuin, pálido y vivo, cubierto de polvo y sueños rotos.

El reencuentro fue breve; lo apenas suficiente para tocarlos mutuamente las manos y advertir que este acto los había cambiado. Uno menos roto, el otro desde ahora incompleto.

—No recordaba tu voz —dijo Enuin, con un temblor de fantasmas en la garganta.

—Yo… creo que olvidé cómo era reír —respondió Aïnara.

Sabían que debían huir antes de que Atur reparara el daño sufrido. La Marca aún ardía en su frente; mientras los llevase, podrían cruzar las murallas sin ser vistos. Ya fuera, más allá de la neblina, sería sólo cuestión de sobrevivir. De inventar nuevos destinos allí donde el mapa —y el libro— ya no les condicionaba.

Torres, sombras y la niebla amanecida intentaron atraparles, pero la Marca, pagada con fragmentos de futuro, los protegió por última vez. Sólo cuando el sol cruzó la línea de los tejados y la ciudad empezó a olvidarles, Aïnara sintió, en ese hueco que le había sido robado, la certeza de que lo rescatado y lo perdido son, en verdad, el mismo precio.

Algunos dicen que después de aquel día, una mujer vaga por las fronteras de Atur, con una cicatriz luminosa en la frente y una risa que suena a ecos fracturados. La llaman la Portadora de la Marca, la que pagó por un hermano, la que no tendrá un destino pleno —pero a quien la ciudad misma teme y respeta. Y, cuando el crepúsculo se adensa y los susurros en las raíces de Atur prometen nuevas sendas, se oye el eco del sacrificio.

Porque en la ciudad de Atur, bajo las torres de cristal negro, cada destino tiene un precio. Y a veces, sólo los que han visto el abismo eligen pagarlo.

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