Portada del relato La última canción de los sauces
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Fragmento:


La primera aparición del día fue discreta: un libro abierto, dejado sobre la repisa de la sala anoche, aparecido esa mañana junto a la tetera del desayuno, abierto precisamente en la página donde Emilia había dejado de leer dieciocho años antes, el día que nació su hija. “No tienen descanso”, pensó. No tanto los libros, sino los recuerdos. Porque allí, en la Casa Espina, los recuerdos no solo vivían en las personas; tenían su propio cuerpo, su aroma, su manía de trastocar cada jornada, inyectando pequeñas gotas de irrealidad en la vida diaria.

Duración: 08:55

La última canción de los sauces
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Texto de ajuste de pausa.

La campana de la iglesia sonó tres veces: grave, solemne, como si cada badajada arrancara un poco más de neblina de los tejados y abriera heridas en esa mañana densa y mojada. El pueblo de Cordillera dormía aún bajo la somnolencia húmeda de julio, pero en la casa de los Espina nadie podía pegar ojo. Allí, todas las mañanas tenían sabor a nostalgia y pan recién horneado, con una pizca de miedo flotando entre los muebles, colgando debajo de la mesa, como una telaraña.

Esa mañana, Miranda —el ama de llaves— abría lentamente las ventanas, dejando que el aire fresco se colara, junto con el rumor de la lluvia que caía sobre los nísperos y la bugambilia del patio. “Otra vez no, no con esta humedad”, susurró, mientras veía cómo la alfombra del corredor se agitaba apenas, a pesar de no haber corriente alguna. Lo anotó mentalmente: “hoy los de allá quieren bailar”. Los habitantes del otro lado, los muertos y las memorias, siempre daban señales en días de mucha humedad.

Emilia, la señora de la casa, apareció envuelta en su bata gris, el cabello recogido, arrastrando los pies como cada amanecer desde que su marido se fue con el solsticio de invierno de hace nueve años. Para ella el tiempo pesaba, pero no como para los demás. En su reloj los minutos no avanzaban de forma regular: a veces los segundos se estiraban y horas enteras se comprimían en la tristeza de una carta jamás escrita, de un vaso de coñac a medio terminar.

Miranda dejó que Emilia se acercara sola a la mesa del comedor. No la interrumpió: era su costumbre, escuchar el eco de sus pasos sobre el suelo gastado. Desde que trabajaba allí, había aprendido que algunas penas necesitan compañía silenciosa, y que otras prefieren la soledad. Pero en la Casa Espina nada era completamente solitario. Los ruidos, ese crujido insistente de la madera en la escalera, la música que alguna vez brotó del clavicordio sin manos a la medianoche, los susurros que emanan del cuadro del abuelo —tan joven y serio en el óleo marchito—, eran señales de que la casa estaba viva, inquieta e insatisfecha.

La primera aparición del día fue discreta: un libro abierto, dejado sobre la repisa de la sala anoche, aparecido esa mañana junto a la tetera del desayuno, abierto precisamente en la página donde Emilia había dejado de leer dieciocho años antes, el día que nació su hija. “No tienen descanso”, pensó. No tanto los libros, sino los recuerdos. Porque allí, en la Casa Espina, los recuerdos no solo vivían en las personas; tenían su propio cuerpo, su aroma, su manía de trastocar cada jornada, inyectando pequeñas gotas de irrealidad en la vida diaria.

El pueblo entero hablaba en voz baja sobre la casa. Decían que allí las flores no marchitaban por completo, que los relojes nunca marcaban la misma hora dos veces seguidas y que los pasos en el pasillo del segundo piso podían escucharse incluso cuando nadie vivía arriba. Decían también que a los Espina les perseguía una fortuna torcida: nunca les faltó dinero, pero sí alegría, y las risas que subían por el ventanal se ahogaban entre las cortinas pesadas, absorbidas por los muros.

Aquel día, Emilia se dedicó a tareas menores, a leer cartas viejas, ordenar los álbumes de fotos y a revisar recetas en un cuaderno gastado por el tiempo y por las lágrimas. Mientras tanto, la casa seguía moviéndose a su manera. Las cucharas del cajón se alinearon, aunque Miranda juraría que las había dejado en desorden. El retrato de la bisabuela apareció ladeado —se dirigía a la puerta de la entrada, curiosa—. En la biblioteca, las ramas del sauce del vecino se colaban por la ventana enredándose alrededor de los libros, trayendo consigo el aroma a tierra mojada y un susurro, ininteligible pero humano, que temblaba en las estanterías.

La hija de Emilia, Ángela, volvió cerca del mediodía, riendo despreocupada, con la piel bronceada y el cabello húmedo. Traía consigo un trozo de piedra, extraño, coloreado en vetas azules y negras. Dijo que la había encontrado en la ribera tras la tormenta. No era la primera vez que Ángela traía cosas raras a casa: una vez fue un pájaro blanco de pico partido, otra un anillo de oro corroído, otra un pañuelo lleno de semillas negras. Pero la piedra era distinta. Tenía frío, aún después de horas en su bolsillo, y vibraba apenas entre sus dedos.

Emilia se lo hizo dejar en la repisa del recibidor, junto a la colección de llaves oxidadas. “Esa piedra está viva”, comentó Miranda con naturalidad, mientras recogía los platos de la comida. “De aquí a la noche, algún espíritu vendrá a pedirla”. Emilia la miró de reojo, no sabiendo si reírse o santiguarse. No era supersticiosa, pero las palabras de Miranda siempre llevaban el peso de la verdad que no se quiere decir en voz alta.

El día transcurrió entre quehaceres suaves y conversaciones a media voz. Afuera, el cielo se abría y se cerraba en ráfagas, y los perros ladraban cerca del río, como si ahuyentaran algo invisible. La casa olía a membrillo, incienso y a ropa húmeda. Mientras tanto, pequeñas señales comenzaron a aparecer: las huellas de niño en el polvo de la escalera (y Emilia no recordaba haber limpiado allí desde hacía semanas), una sombra que cruzaba el patio a la hora en que caía la siesta, y la sensación, persistente como comezón, de que algo se encogía y expandía justo detrás de la nuca.

Cuando llegó el crepúsculo, los sonidos en la casa se tornaron más nítidos: el chasquido de una cerradura oxidada, las notas de la vieja caja de música en el cuarto de los abuelos. Emilia encontró —sin buscarlo— el pañuelo de su difunta madre, cuidadosamente doblado en un rincón de su armario. Lo que no recordaba Emilia era ese nudo en la tela, justo en la esquina: un secreto atado por manos que ya no podían hablar.

Ángela subió a su habitación temprano, sin decir palabra, y se encerró con la piedra entre sus manos. Miranda, supersticiosa, roció agua bendita en la entrada y se persignó tres veces, pero sabía que eso sólo servía para calmar los nervios, no para impedir nada. “La noche será larga”, murmuró.

Y así fue.

La primera señal vino cuando la piedra empezó a emitir un brillo débil, azulado, que se filtró por debajo de la puerta. Luego, el aire en los pasillos se espesó, como respirando. Emilia, incapaz de dormir, salió al corredor, y vio —por el rabillo del ojo— que las motas de polvo danzaban en extrañas figuras. La lámpara del vestíbulo giraba lentamente, impulsada por una corriente imposible. En el comedor, la mesa estaba cubierta de fotografías que nadie había puesto allí: instantáneas de fiestas lejanas, de bodas tristes, de niños que ya eran adultos o que nunca llegaron a ser. Todos sonreían en esas fotos, sonrisas de otro tiempo.

Finalmente, todo se detuvo cuando Ángela bajó las escaleras con la piedra, todavía palpitando en su puño, y la dejó sobre la mesa. Se sentó al lado de su madre y las dos miraron el objeto como si fuera una criatura dormida. Miranda observaba desde la cocina, en respetuoso silencio, mordiendo un rosario.

En ese momento, la casa pareció soltar un suspiro, y entre los muebles, entre las fotos, entre las tablas del suelo, algo —o alguien— comenzó a manifestarse. Primero fue una voz, clara y serena, que Emilia reconoció con un doloroso sobresalto: era la voz de su esposo, muerta y viva al mismo tiempo, que le hablaba desde la piedra y desde la madera, desde las paredes:

—“No encierres más recuerdos, amor. Dales espacio para que bailen, deja que la pena cruce la puerta.”

Ángela la miró, unos ojos grandes donde cabía todo el mar de su linaje. Emilia lloró, no de tristeza, sino de alivio. Dejó la piedra en la mesa, y la piedra se quebró en dos, liberando un olor a sal y madreselva, y por toda la casa sopló una brisa cálida, como si el verano hubiese entrado finalmente, a pesar de la lluvia.

La casa entera respondió. Los cuadros volvieron a enderezarse. El retrato del abuelo dibujó una sonrisa que nadie había visto antes. Las cucharas tintinearon como campanas. Y en el jardín, los sauces bailaron.

Por primera vez en muchos años, Emilia se sintió ligera, como si de su pecho se hubiese levantado un peso indecible. Miranda recogió la piedra hecha pedazos y la enterró bajo el níspero.

Algunos dirán que fue solo sugestión, un efecto de la humedad en las mentes cansadas. Pero al amanecer, el pueblo entero olió a madreselva, y los relojes, por un día, marcaron la hora correcta.

Desde entonces, en la Casa Espina, los recuerdos bailan a la luz del día. Y nadie, ni siquiera Miranda, vuelve a tenerle miedo a los susurros de los objetos, a los pasos invisibles o a una piedra fría traída del río en noches de tormenta. Porque supieron, de una vez y por todas, que la pena que se baila es apenas una memoria vestida de magia, esperando ser liberada.

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