Portada del relato Las manos del crepúsculo
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Fragmento:


Desde que tengo memoria, la ciudad de Mirhast siempre ha olido a ceniza. No a humo, no a la simple combustión de madera o carbón, sino al residuo mismo de las cosas terminadas: el rastro espectral de lo que fue y ya no es. Yo nací en el barrio Viejo, donde la ceniza se mete en el resuello de los niños y daña las suelas de los zapatos, donde cada amanecer uno despierta con un manto gris sobre las pestañas. Hoy sé que las viejas que se sientan en los portales les llaman las Madres Grises, y a veces murmuran sus nombres en la penumbra, como si al nombrarlas pudieran asegurarse —o temer— su presencia.

Duración: 08:04

Las manos del crepúsculo
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Texto de ajuste de pausa.

Desde que tengo memoria, la ciudad de Mirhast siempre ha olido a ceniza. No a humo, no a la simple combustión de madera o carbón, sino al residuo mismo de las cosas terminadas: el rastro espectral de lo que fue y ya no es. Yo nací en el barrio Viejo, donde la ceniza se mete en el resuello de los niños y daña las suelas de los zapatos, donde cada amanecer uno despierta con un manto gris sobre las pestañas. Hoy sé que las viejas que se sientan en los portales les llaman las Madres Grises, y a veces murmuran sus nombres en la penumbra, como si al nombrarlas pudieran asegurarse —o temer— su presencia.

Mi madre, Clara, nunca habló de ellas mientras vivió. Pero la noche en que murió, en la víspera de mi veintisiete cumpleaños, la vi estar allí. Afuera, la bruma gris bailaba sigilosa en torno a nuestra puerta, y una figura, alta y envuelta en harapos de humo, aguardaba. No tenía rostro, sólo el destello de un ojo único brillando bajo una capucha, y tras de sí sentí la presencia de una docena más, agazapadas entre los recodos de la calle, mirando, sin mirar realmente. Cuando mi madre exhaló su último suspiro, el aire se enrareció y la ceniza en el suelo tembló. Entonces supe: ellas habían venido a recogerla.

Tal vez por eso, la muerte en Mirhast se aceita tan suavemente, sin llantos ni peleas. La gente se marchita y cede. Se dejan tomar. Siempre he sentido pavor ante esa resignación, rabia muda, como si los recuerdos mismos fueran consumidos a fuego lento y reducidos a polvo. Algunos decían que una vez la ciudad fue un lago, un mar vasto sobre el que flotaban barcos de tela roja. Pero de aquella época sólo queda una niebla persistente, y la suposición de que lo que arde retorna tarde o temprano en otra forma.

No es fácil guardar recuerdos cuando la ceniza los reclama. Conservé, pese a todo, una carta de mi madre, escrita la noche de su muerte. La tinta era difusa, como si la humedad y la pálida ceniza la devoraran. Decía así:

"Cuando seas llamada, hijita, no camines sola al centro. No te fíes de la más joven. Recuerda aquello que tu abuela te enseñó: una moneda, agua bendita, y tu verdadero nombre oculto bajo la lengua. Si puedes, reza. Las diosas no perdonan, pero olvidan."

No entendí nada en aquel momento, y el hambre de las respuestas me clavó agujas en la piel. La pregunta giraba en mis noches insomnes: ¿Qué hacen realmente con nosotros, las Madres Grises?

En mi vejez prematura, a la que la vida en Mirhast te conduce inexorablemente, comencé a recorrer los pasillos de la Casa Sellada, donde los ancianos esperan al Velo. Era un lugar de baldosas rotas y tejados caídos, donde el tiempo se adormece en un letargo vago. Los que sobreviven allí se vuelven hilos, apenas cuerpos, y los asistentes —pocas veces naturales de la ciudad— caminan como si evitaran mancharse del polvo perpetuo. Yo era una rareza, una joven visitando sueños ajenos.

No tardé en darme cuenta de que la ceniza en las habitaciones se arremolinaba en formas femeninas cuando la mirada no se posaba directamente sobre ellas. Y en la ventana, junto al lecho de la anciana Rhilda —la única que aún me sonreía—, descubrí una noche el contorno casi palpable de una de las diosas. La mujer de humo me observaba sin ojos, su cabellera levantándose como llama revertida, y extendía una mano de largos dedos translúcidos que nunca terminarían de cerrarse.

"Toma", dijo Rhilda, tan bajo que la voz se quebró. En su mano había una moneda negra, un óbolo de antigüedad incalculable.

"La joven de los cabellos de carbazo vendrá", murmuró, como si repitiera una lección rehecha durante siglos. "Pero la que debes temer es la que sonríe y olvida. Recuerda: no ofrezcas tu nombre."

Permanecí junto a su lecho hasta el último suspiro, aguardando, y entonces lo vi: la diosa de ceniza se inclinó sobre Rhilda y el lecho se cubrió de polvo níveo, recién caído. Cuando la figura se giró hacia mí, sentí el frío del final. Pero entonces, la moneda brilló en mi palma, calor encerrado en la oscuridad.

"No aún," susurró la diosa, y el polvo retrocedió como agua en una orilla. Sus palabras dejaron ceniza en mi piel, pero seguía viva.

Comenzaron a aparecer sueños extraños desde esa noche. Caminaba por un bosque blanco, cada rama cubierta del residuo de las eras. Las diosas se reunían en torno a un fuego invertido: llamas de polvo suspendido, que devoraban lo que no era, consumiendo la ilusión misma del calor. Había nueve en la asamblea, pero sólo tres hablaban.

La primera alzó una mano. En ella, el rostro de mi madre se reflejaba y parpadeaba.

"¿Qué eres tú?" preguntó, su voz seca como el crujir de hojas muertas.

"La última en recordar," respondí, no sabiendo por qué lo decía.

La segunda diosa extendió su cabellera, larga, enraizada, y su sombra cubría mis piernas.

"¿Qué traes a nuestro altar?"

Escudriñé mi cuerpo, hallé la moneda y el agua bendita en un vial. Pero entonces, instintivamente, mordí la lengua, y la sangre —lo supe— ocultó mi nombre bajo el paladar.

"Este sueño," contesté, "y un recuerdo no consumido."

La tercera, la más joven, de ojos brillantes como brasas nuevas, sonrió y tendió una trampa de palabras:

"Dime tu nombre, y la ceniza jamás lo borrará."

Pero algo en su sonrisa era prodigiosamente falso, un eco conocido. Volví el rostro a la primera diosa y vi la alegría amarga en su mirada vacía.

"No," musité, y arrojé la moneda al fuego invertido. El aire chisporroteó y el fuego, en vez de devorarla, se curvó entorno a ella, volviéndose vivo y azul. El sueño tembló y la tercera diosa retrocedió.

"Una hija de Mirhast, nacida del polvo y la tozudez," dijo la segunda diosa, su voz resonando por encima del bosque. "¿Qué quieres de nosotras?"

¿Qué quería? Moví los labios, sentí la forma de la sangre bajo la lengua, recordé la carta de mi madre.

"Quiero que mi ciudad recuerde su vida, y no sólo su muerte. Que lo quemado dé paso a lo que puede ser, no sólo al residuo de lo que fue."

Las diosas callaron. El fuego azul crecía. En el silencio, sentí cómo miles de nombres, cenizas de vidas enteras, giraban a mi alrededor, quieren ser oídos una vez más.

Fue entonces cuando la diosa más vieja habló por último. Su voz era nada y todo, la sumatoria de inviernos y esperas.

"No todas las cenizas son olvido, hija. De lo consumido renace lo fértil; de lo vulnerable, lo eterno."

La joven diosa de la sonrisa rota gimió suavemente, y en ese lamento reconocí mi propio miedo infantil.

Cuando desperté, la ceniza en la ciudad parecía más clara, casi translúcida. Donde siempre había habido una niebla sucia, ahora la luz rebotaba como en un fondo marfil. En la Casa Sellada, descubrí a los ancianos murmurando nombres, recuperando fragmentos: canciones de antaño, leyendas olvidadas, palabras que la ceniza no borraba tan fácilmente.

Recorrí la ciudad, vi a los niños descubriendo su propio reflejo en los charcos de agua clara que alguna vez fueron cenagosos. El polvo seguía cayendo, pero ya no pesaba igual; se posaba, sí, pero también alimentaba: la primera flor de ceniza brotó en el umbral de mi puerta.

Y una noche, mucho después, yendo por el viejo muelle, volví a encontrarme con la joven diosa, la de la sonrisa de carbazo. Ya no intentó sonsacar mi nombre. Se sentó junto a mí, mirando las aguas que reflejaban la luz nueva.

"La ceniza no es sólo final," me dijo, su voz menos terrible, casi humana. "En vosotros habita, en vosotros descansa, y a veces, de vosotros, renace."

Me tendió una mano. No la temí ya, no del todo. Cerré mis dedos en torno a los suyos, y acepté el peso y la ligereza de vivir en Mirhast, ciudad de ceniza. Ciudad, por fin, de nuevas promesas.

Y en mi pecho, bajo la lengua, el nombre verdadero siguió ardiendo, intacto, como una llama azul.

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