Fragmento:
Yvan reconoció una sensación extraña al contemplar la muralla: la convicción de que el hielo no estaba hecho sólo de agua, que algo más, acaso memoria, circulaba cristalizado entre las capas. Aunque el día lanzaba a regañadientes las primeras luces, las sombras danzaban al ritmo de corrientes de aire que nunca tocan la tierra.
Duración: 08:52
En algún rincón donde la geografía se pliega entre lo posible y lo insólito, existe una región donde el cielo es un lecho de escarcha suspendida, y los castillos, torres y puentes son levantados con la sola materia de los suspiros congelados. Fue en este lugar, al norte del norte, donde la historia de Yvan empieza y termina, entrelazada en el tejido mismo de lo irreal.
Yvan no era príncipe cuando llegó al Reino Transparente. Nadie recordaba cuándo ni por qué había llegado tan lejos, si caminando, volando, o simplemente despertando allá, como a veces despiertan los sueños en la vigilia. Tenía la barba llena de escarcha, las cejas a punto de quebrarse bajo el peso de los cristales de hielo acumulados en su paso. Vestía un abrigo heredado de su propio pasado, de una lana demasiado viva y cargada de recuerdos, que se peleaba inútilmente contra el frío que el mundo para él guardaba.
Eso fue antes de los vientos susurrantes y del primer encuentro con aquel castillo donde las torres titilaban bajo la aurora como polvo de diamante. El lugar parecía abandonado a medias, un corazón que late sin esperanza de ser oído.
Yvan reconoció una sensación extraña al contemplar la muralla: la convicción de que el hielo no estaba hecho sólo de agua, que algo más, acaso memoria, circulaba cristalizado entre las capas. Aunque el día lanzaba a regañadientes las primeras luces, las sombras danzaban al ritmo de corrientes de aire que nunca tocan la tierra.
En ese instante, la voz del primer centinela le llegó sin que la boca de nadie se moviera:
—No todos los caminantes merecen entrar, y ninguno que llegue se va igual.
Las palabras atravesaron el tiempo, agrietando el hielo bajo sus pies. Yvan dudó. Pero la necesidad —o tal vez la curiosidad, que a veces toma el legado de la necesidad— le impulsó a avanzar.
El portón principal, cincelado en formas que desbordaban las fronteras de la geometría conocida, se abrió con un quejido de cristales, como si la puerta misma protestara contra el olvido. Dentro, el reino pulsaba con una vida detenida: estatuas traslúcidas de antiguos visitantes, esculturas de carámbanos en los que la historia se esconde hasta deshacerse, y corredores donde el viento juega a perderse con aromas añejos y ecos de conversaciones que nunca se llegaron a tener.
Una vez dentro, Yvan sintió que el frío no era simple ausencia de calor sino presencia de algo más: cada partícula de aire era una promesa o una advertencia congelada. Caminó despacio, sus botas hundiéndose en el silencio espeso. Había oído, en su infancia, cuentos sobre castillos de hielo y cielos eternamente nocturnos, pero desconocía la sustancia del miedo que acarician los adultos cuando se sienten fuera del tiempo.
Fue cerca del Salón de los Espejos Lentos —así lo llamaría luego— donde encontró al primer habitante. O tal vez era ella quien le encontró a él. Se llamaba Lyra y su cabello era una cascada platino, cayendo hasta el suelo como una estalactita en mitad de una cueva cerrada.
—No busques explicaciones —le dijo sin mirada, la voz pausada como el lento caer de un copo de nieve—. Este lugar es el refugio de lo que no pudo ser olvidado. Cada torre guarda un pesar, un juramento roto, o un amor petrificado.
Yvan se preguntó entonces qué buscaba él, a qué dolor huía o qué promesa no había podido cumplir. Sin embargo, su pregunta fue reemplazada por otra, más urgente:
—¿Por qué el cielo nunca se despeja aquí? ¿Por qué ni el sol ni la luna se atreven a entrar?
Lyra sonrió, y el aire vibró con una tristeza antigua:
—Porque el cielo, aquí, también es hielo. Y en los días antiguos, los hombres quisieron tocarlo y lo congelaron para sí. Ahora, nada entra ni sale sin dejar algo de sí atrapado en las nubes heladas. No temas, aún puedes elegir.
El frío, entonces, dejó de ser sólo circunstancia y le abrazó con la calidad de un peso sobre el alma. Sintió que sus pensamientos se volvían lentos, arrastrados, mientras el tiempo mismo se escurría fuera de su alcance.
Durante días —o lo que creía que eran días—, Yvan habitó el castillo. Recorrió el laberinto de escalinatas caladas y galerías donde la historia reptaba bajo capas de escarcha. Vio a otros visitantes, o lo que quedaba de ellos, atrapados en cristales de hielo, fragmentos brillantes de regresos imposibles. Comprendió que cada uno de ellos había llegado buscando una solución, un cierre o un milagro, y que el castillo se los había ofrecido… a cambio de algo esencial de sus vidas.
Aprendió que podía ver, dentro de la transparencia de las paredes, escenas de otros tiempos: hombres corriendo para evitar una despedida, mujeres esperando una carta bajo la nieve que nunca termina de caer. Vidas en suspenso, historias dentro del hielo reluciente.
De noche, cuando el frío se apretaba con más furia, Yvan salía al balcón de la torre más alta y miraba el cielo helado. Sus destellos no eran los de las estrellas, sino reflejos de historias no contadas; manchas en la memoria del universo. En más de una ocasión, sintió en la piel el particular escalofrío de la certeza: quizás no había llegado allí por error, ni por azar.
Lyra le visitaba en esos momentos, trayendo pequeñas flores de escarcha que duraban sólo el tiempo necesario para ser admiradas.
—El castillo escucha, y a veces responde a quienes saben pedir —le decía—. Todo lo que entra aquí es memoria y anhelo. Pero el precio nunca es el mismo.
Una noche, el cielo resquebrajó una de sus muchas máscaras: la aurora jugó con azules y verdes sobre la superficie helada, y el castillo, por un instante, pareció transparente como el primer pensamiento de un niño. Yvan notó que la silueta de Lyra se desvanecía a cada juego de luces, y fue presa de un miedo repentino.
—¿Alguien ha salido alguna vez de aquí? —preguntó.
—Algunos creen hacerlo —contestó ella con una voz ya lejana—. Otros aceptan quedarse. Y unos pocos lo eligen y, con ello, abren caminos nuevos para los que lleguen después.
Yvan se vio a sí mismo, reflejado en el hielo, una sombra partida por mil aristas: en todas ellas, una decisión aún no tomada. Comprendió que para partir debía abandonar el peso que le había llevado hasta el norte del norte, el lastre que hacía de su vida una historia nunca cerrada.
Se preguntó qué sería de él sin ese dolor primigenio, sin el recuerdo de la ausencia de su amor perdido —la única mujer cuyo nombre no podía pronunciar sin que sus labios sangraran. Allí frente al cielo helado, dejó que el frío atravesara su pecho, buscando, quizá, solidificar aún más el hueco que en él habitaba.
Pero Lyra, tocándole la mano, le mostró una alternativa: en el hielo no sólo habita el olvido, sino también la posibilidad de reimaginarse. Cada torre del castillo había sido erigida con los suspiros de quienes, alguna vez, se atrevieron a soltar la carga. Y, en esa entrega, el castillo les devolvía una fragancia nueva, un aliento transformado.
A la mañana siguiente —si se puede llamar mañana a ese perpetuo crepúsculo—, Yvan descendió a la sala central. Allí esperaba, silenciosa e inmutable, una enorme puerta de cristal. Le pareció oír las voces de los que alguna vez salieron y la de aquellos que nunca más lo harían. Apoyó la frente contra la puerta. El hielo le devolvió todos sus recuerdos, pero ya no dolían: eran sólo pequeñas luces, parpadeando en el horizonte de otro cielo.
No hubo despedidas. Lyra se limitó a inclinar la cabeza mientras la puerta cedía ante la presión de una nueva voluntad. Yvan atravesó el umbral y, al hacerlo, sintió que el peso antiguo se quedaba atrás, prisionero de las galerías gélidas. Por primera vez en una eternidad, el aire supo a algo más que promesa incumplida.
Fuera, descubrió que el cielo se había agrietado: ya no era hielo puro ni olvido perpetuo, sino una bóveda quebrada por las intenciones de quienes habían osado cambiar. Podía ver ahora estrellas que jamás antes se permitieron brillar, libres y contagiosas como los sueños de un niño. Caminó, dudoso, hasta el linde de la escarcha, y allí volteó una vez más.
El castillo parecía más pequeño, menos fiero, casi transparente.
Comprendió entonces la naturaleza de aquel reino. No era prisión, sino pasaje; no refugio, sino espejo para quienes cruzan el invierno de la vida. El hielo, que tanto había temido, era sólo el borde exterior de lo que cada corazón, por necesidad o deseo, petrifica para sobrevivir.
Yvan emprendió el viaje de vuelta, pero ni el mundo ni él volverían a ser los mismos. Y quien ahora camina bajo los cielos rotos de auroras y destellos, lleva en su mirada el leve brillo de quien se atrevió a cruzar donde sólo los valientes dejan atrás su invierno. Y en las noches más claras de su nueva vida, jura a veces escuchar, entre crujidos de escarcha, una música lejana: la promesa secreta de que, incluso entre los hielos eternos, podemos elegir renacer.
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