Portada del relato El color de los silencios
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Fragmento:


—Te buscan, Silas Vernal —dijo una voz sin boca pero colmada de una musicalidad inhumana—. Los portales están inestables. Debo advertirte.

Duración: 09:18

El color de los silencios
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Texto de ajuste de pausa.

A veces, en la ciudad de San Agusto, el pasado caminaba al lado nuestro como una sombra tibia pegada al talón. Nadie lo notaba en las mañanas: las lecheras, los niños, los comerciantes, todos creíamos en la continuidad impasible de la luz, hasta que llegaba la niebla azulada del crepúsculo, y recordábamos que San Agusto era también trazo de frontera y fragmento de tiempo caído en el pliegue de la existencia.

Allí vivía —me atrevo a decir que aún vive, pues en lugares como San Agusto los relatos y las personas rara vez parten del todo— un ingeniero de nombre Silas Vernal. Era educado y discreto, de estatura mediana, y tenía la costumbre inusual de pasear por los techos durante las tardes, tocando la porcelana de las antenas de transmisión con dedos cuidadosos, como un músico aprendiendo la partitura silenciosa de las frecuencias. Hablaba poco. No era que Silas desconfiara de la palabra, pero sosegaba un secreto: sabía que cada declaración daba forma a la realidad tanto como los algoritmos y las ecuaciones que, en otras ciudades, gobernaban las máquinas y los anuncios giratorios.

La peculiaridad de San Agusto era notoria para los atentos o los desesperados. Había mañanas en que la biblioteca abría con libros nuevos en los estantes —volúmenes nunca escritos ni impresos en otra parte, relatos de vidas que aún no sucedían o poemas que recordaban sueños olvidados. Hubo un cartero que, en la estación de lluvias, entregó cartas con remitente futuro a destinatarios que aún desconocían el motivo de la misiva. Nadie los reprendió. En San Agusto las cosas pasaban y la gente aprendía a convivir con el desconcierto, cultivándolo como se cultiva un jardín secreto donde el tiempo discrepa amablemente.

Pero aquella tarde, la tarde en que comienza este relato, algo cambió. Silas reparaba un proyector solar en la azotea del hospital, mientras la ciudad se sumía en una quietud que parecía preludio de catástrofe o milagro. Las calles estaban inusualmente vacías. De repente, el aire comenzó a tornarse denso, ondulado y brillante en torno a los bordes del tejado. Silas, conocedor —y víctima— de los anacronismos de San Agusto, se limitó a observar.

Nadie sabe, ni siquiera él, de dónde provenía la forma desnuda y resplandeciente que emergió del fulgor. Parecía humana, pero transitaba con la lentitud serena de los que no precisan apresurarse en los márgenes del tiempo. Sus ojos, grises y transparentes, se posaron en Silas.

—Te buscan, Silas Vernal —dijo una voz sin boca pero colmada de una musicalidad inhumana—. Los portales están inestables. Debo advertirte.

Silas escuchaba, en parte asustado, en parte aliviado. Había esperado, sin saberlo, esta irrupción. La figura era una de las Forjadoras: seres nacidos en el cruce entre memoria, materia y deseo. Eran, en cierto modo, ingenieros de la realidad, artesanos de lo imposible; y según los más viejos, quienes les daban la mano no regresaban igual.

—El Jardín de las Bifurcaciones despierta —dijo la Forjadora—. Lo que siembras aquí, crecerá en otros mundos.

A Silas el mensaje le parecía enigmático, pero no más que la vida en San Agusto. La Forjadora extendió una esfera pequeña, luminosa y palpitante, con un murmullo de agua crujiendo por dentro. Silas no resistió: la tomó entre los dedos y de inmediato sintió cómo la gravedad titilaba bajo sus pies. Cayeron, él y la Forjadora, en una espiral suave al centro de la niebla.

Despertó en un lugar conocido y sin embargo irreconocible, un San Agusto soñado: las fachadas de los edificios fluctuaban, ora revestidas en hiedra, ora en vidrio líquido; las calles cambiaban de nombre y dirección conforme avanzaba. El aire olía leve a ozono, como si el fin de una tormenta y el comienzo de una nueva época se encontraran a cada bocanada.

Caminando a su lado, la Forjadora mostró a Silas los portales invisibles que traspasaban la plaza —umbrales donde una decisión, un pensamiento apenas delineado, podía dislocar el curso de las cosas. Allí, una pareja se abrazaba, y la noche se hacía perpetua. Allá, un niño lanzaba un avión de papel: en una realidad, caía inmediatamente; en otra, volaba indómito hacia el horizonte. Cada posibilidad era una hebra de luz suspendida en el paisaje.

—Este es el Jardín donde germinan tus actos —dijo la Forjadora—. La máquina de la ciudad lee tus intenciones, Silas. Sin saberlo, llevas años programando el porvenir. Existen miles de San Agustos, y cada uno depende de la manera en que hablas, decides, recuerdas.

Aquello era ciencia, sí, admitía Silas —pero también era poesía. Nunca los algoritmos humanos se imaginaron tan frágiles, tan propensos a convertir el más leve de los errores en una sinfonía de futuros alternos. En ese instante, la esfera que sostenía empezó a vibrar, y el aire se llenó de voces: ecos de decisiones no tomadas, de palabras calladas, de regresos interrumpidos.

El más cercano de los ecos era una versión de sí mismo, sentado en el parque central, conversando con alguien a quien en su realidad nunca se atrevió a abordar. La conversación tenía el tono pausado, intimo, de los afectos recobrados. La visión se desvaneció tan súbita como apareció.

—¿Se puede elegir hacia cuál bifurcación caminar? —preguntó Silas.

La Forjadora apenas curvó la comisura de sus labios translúcidos, una sonrisa que parecía comprender más de lo posible.

—Se puede intentar. No todas las puertas corresponden a la llave de tu deseo, pero casi todas responden a la fuerza de tu memoria y tu arrepentimiento.

Mientras deambulaban, Silas comprendió que era un guardián inadvertido del frágil equilibrio de su ciudad. La máquina subterránea —la auténtica matriz de San Agusto— detectaba emociones y pensamientos, y, con algoritmos de una geometría arcana, tejía el tapiz de la continuidad. De vez en cuando, alguna decisión especialmente poderosa, una renuncia o una promesa, abría una floración inesperada en la urdimbre, generando historias enteras que se encarnaban en la ciudad, como los libros recién impresos que aparecían en la biblioteca o las cartas provenientes del futuro.

La Forjadora condujo a Silas hacia el epicentro del Jardín: una rotonda húmeda donde el tiempo parecía latir con cada respiración. Allí crecía un árbol de acero y vidrio, sus raíces imbricadas en toda la urbe, más profundas que el recuerdo.

—San Agusto puede disolverse —le advirtió la Forjadora—. Si algún día la tristeza sobrepasa a la esperanza en sus habitantes, la máquina detendrá la urdimbre y la ciudad regresará al polvo de lo no ocurrido.

Silas sintió el vértigo de la responsabilidad como un golpe seco en el pecho. Recordó a los niños despiertos en las madrugadas leyendo libros imposibles; pensó en las cartas que la gente recibía como advertencias o consuelos; recordó la soledad a veces lacerante, a veces dorada que habitaba en los pasillos de las casas.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó.

—Recuerda y cuéntalo —dijo la Forjadora—. Habla con otros. No permitas que la memoria se borre en el silencio. Eso basta.

Con esas palabras, la esfera se disipó y Silas sintió el tirón familiar; regresó al tejado, donde el crepúsculo era ahora carmesí, y la ciudad bullía con una ansiedad apenas domesticada. Sabía, sin mirar, que el hospital albergaba ya pacientes que soñaban con cosas nunca vividas, que la biblioteca tenía tres nuevos libros y que, en algún rincón, una mujer esperaba una carta que cambiaría el curso de su vida.

Esa noche no durmió. Recorría los barrios bajo la penumbra de las farolas verdes, hablando con los niños, los ancianos, los olvidados. Les contaba lo que había visto: el Jardín y los portales, la máquina viva bajo los cimientos, los ecos de las decisiones que germinaban en los edificios como musgo de futuro.

A veces lo miraban con incredulidad, otras con las lágrimas secas de quien reconoce por fin el nombre de su nostalgia. Algunos, quizás los más sabios, simplemente lo abrazaban, sabiendo que en lo invisible reside la urdimbre de San Agusto, y que el acto de escuchar una historia es en sí una bifurcación, una nueva senda floreciendo en la ciudad.

Así pasaron años que no fueron del todo años, porque el tiempo en San Agusto carece de autoridad sobre las cosas verdaderamente profundas. Silas envejeció como se envejece en las canciones: despacio, lleno de huecos dorados, de memorias adoptadas y futuros contemplados a la distancia.

Pero, en la última noche antes de su desaparición —si es que hay tal cosa como una última noche en ese lugar—, Silas dejó una nota en la plaza central. Decía, simplemente: “Gracias por escuchar. Que nunca se esfume la posibilidad de otro relato.”

Y se dice que, desde entonces, la ciudad no ha dejado de reinventarse cada madrugada, entre sonidos de lecheras y murmullos de cartas no escritas, esperando siempre que haya quien camine entre portales y sepa, con asombro y humildad, que el acto de contar y escuchar transforma el mundo más hondo que cualquier máquina o algoritmo.

Y así, predicando la fragilidad y la maravilla, San Agusto persiste: un eco de posibilidades abiertas, un jardín donde el tiempo nunca duerme del todo, donde la realidad es el más antiguo de los relatos y cada habitante, aun sin saberlo, es su principal autor.

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