Portada del relato La canción de las cigarras
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Fragmento:


Fue esa primera noche, cuando el bochorno era denso como aceite y las cigarras no callaban, que Mauricio, el tabernero, vio a la mujer vestida de albahaca camino de la fuente. Nadie podía confundir a Carmen Montenegro: su andar era el temblor de la memoria vieja. Años antes, desposó a un hombre cuyo nombre todos olvidaron a fuerza de miedo y silencio. Dicen que él mató y fue matado en la misma jornada, y que ella lloró hasta dejar de hablar. Ahora, solo se la veía durante ese periodo de extraña tregua, cuando el velo entre lo real y lo irreal se hacía permeable como la niebla.

Duración: 08:20

La canción de las cigarras
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Texto de ajuste de pausa.

***

La aldea de Las Lomas sobrevivía obstinada entre barrancos y nubes errantes. Todo parecía inmóvil bajo el sol: las terrazas de piedra húmeda, los campos de retama, las vigas torcidas del caserío, meditando bajo el peso de generaciones indescifradas. Sin embargo, cada año, durante las noches de finales de agosto, un rumor antiguo recorría el lugar. Era cuando los héroes condenados —así los llamaban, aunque nadie podía decir si lo eran de verdad— bajaban entre los vivos para buscar consuelo o culminar su condena.

No eran fantasmas, aunque algunos jugaban a reconocer en sus siluetas los rostros de los abuelos o de aquel pastor que cayó en la guerra civil y nunca volvió. Nadie podía negar su existencia: cuando caía el crepúsculo La Loma perdía la lógica, y las casas y los chopos detenían la respiración esperando la caravana de los errantes.

Fue esa primera noche, cuando el bochorno era denso como aceite y las cigarras no callaban, que Mauricio, el tabernero, vio a la mujer vestida de albahaca camino de la fuente. Nadie podía confundir a Carmen Montenegro: su andar era el temblor de la memoria vieja. Años antes, desposó a un hombre cuyo nombre todos olvidaron a fuerza de miedo y silencio. Dicen que él mató y fue matado en la misma jornada, y que ella lloró hasta dejar de hablar. Ahora, solo se la veía durante ese periodo de extraña tregua, cuando el velo entre lo real y lo irreal se hacía permeable como la niebla.

Mauricio la siguió hasta la fuente con la excusa de lavar unos vasos, aunque la verdad era más oscura. Al doblar la esquina, vio que Carmen conversaba con un hombre de camisa ennegrecida. No era de allí; su rostro tenía el gesto solemne de los que saben su propio destino, los ojos grandes y tristes de quien lleva una vida entera de exilio. Mutuamente se reconocieron en la soledad. Mauricio apretó los vasos con nerviosismo mientras la voz del forastero —seca, como los ríos de agosto— tejía palabras que atravesaban la carne: “¿Aún recuerdas, Carmen? ¿Recuerdas la noche del fuego?”.

Carmen asintió. En Las Lomas la memoria era un arte de filigrana. La noche del fuego había marcado un antes y un después. Un ejército sin nombre cruzó los campos y todo ardió: la iglesia, las bestias, incluso la gran higuera del cementerio. De la masacre sobrevivieron unos pocos, y de entonces las cosas perdieron su razón. Eso fue lo que trajo a los condenados, según la abuela de Mauricio. Decían que quien sucumbe al odio en vida, lo paga en muerte; pero los héroes, ah, ellos tenían un castigo mayor: repetir una y otra vez sus gestas, hasta que nadie las recordara, solo para sentir la futilidad de su leyenda.

Los campesinos evitaban hablar del asunto, pero, año tras año, las puertas se cerraban, las lámparas parpadeaban y los caballos relinchaban en mitad de la bruma. Esa noche, sin embargo, Carmen y el forastero bebieron juntos el agua de la fuente. Mauricio no pudo evitar escuchar. “No quiero regresar,” susurraba el hombre. “No quiero volver a matar, no quiero ser tu héroe ni tu monstruo.” La voz de Carmen fue el crujido de los álamos en otoño: “Nadie te obliga, pero si no cumples, el pueblo no dormirá.”

Al escuchar esto, Mauricio experimentó por fin ese miedo milenario del que hablaban las historias, un terror que no venía de la muerte o del dolor, sino del destino cumplido. Regresó a su tasca temblando y, al entrar, vio que todos los habituales estaban sentados en silenciosa vigilia. Uno tras otro, los condenados iban materializándose en los rincones más improbables: la costurera ciega y sus hilos de fuego, el niño ahogado en el pozo, el general que trajo la guerra y se llevó el amor de medio pueblo. Nadie les dirigía la palabra, pero cada cual sabía qué ojo esquivar y qué sombra invitar a sentarse junto al fux.

En la medianoche, la taberna se llenó de un brillo dorado. Era una luz imposible, como si detrás del ojo se encendiera un recuerdo guardado durante siglos. Los vivos y los muertos, los justos y los caídos, bebían juntos el licor dulce de la higuera y compartían un silencio mayor que cualquier palabra. De pronto, alguien comenzó a cantar la copla antigua —la que nadie recordaba haber aprendido—, y como una corriente subterránea los versos afloraron de garganta en garganta. El cántico era un conjuro, una caricia y un lamento; era la historia de los héroes —sus nombres borrados, sus amores y terribles hazañas— y del castigo que los tejía con hilos de oro y sangre.

Mauricio vio pasar frente a él al hombre de la camisa negra y a Carmen. Se detenían a escuchar, a beber, a rozar las manos con los que alguna vez fueron niños o verdugos. Al final de la gran mesa, sentada en la esquina oscura, la costurera sacó una aguja de plata y empezó a bordar una banda de tela invisible. Cada puntada era un deseo, cada nudo, una traición o una promesa no cumplida. Sus dedos bailaban entre realidades, y a medida que la copla subía de tono, la tela destilaba vapor, como si estuviera hecha de rocío y aliento.

En ese instante, la puerta se abrió de golpe y la brisa trajo consigo un aroma a tierra mojada. Una figura se recortó contra la luz del amanecer: era el joven Esteban, desaparecido hacía años. Todos lo habían dado por perdido en un viaje al sur. Volvía pálido, los cabellos cubiertos de polvo, la sonrisa intacta. Nadie celebró; algunas madres, en silencio, ocultaron el rostro en las manos, mientras los más viejos meneaban la cabeza. Sabían bien la ley: cada año, por cada héroe condenado liberado, uno de los suyos debía partir para ocupar su lugar entre los condenados.

Esteban fue recibido por el forastero y Carmen, que lo abrazó largamente. Después, le condujeron a la fuente y Mauricio, incapaz de resistir la curiosidad, se acercó discretamente. La fuente manaba ahora un agua oscura, en la que bailaban reflejos de lunas y cuchillos. Mientras el forastero recitaba palabras en una lengua perdida, Esteban bebía y, al hacerlo, su rostro fue perdiendo poco a poco la frescura del hijo pródigo, volviéndose más opaco, más cristalino, hasta que parecía tallado en piedra.

Carmen encaró a Mauricio y entonces comprendió que le hablaba sin palabras: tú verás, decían sus ojos. Tú decides qué cuentas y qué callas. Tú marcas la frontera entre la leyenda y la condena. Mauricio entendió entonces por qué la taberna nunca prosperaba y por qué sentía siempre la tentación de marcharse y, sin embargo, seguía allí, año tras año, sirviendo vino a difuntos y condenados. La tierra necesita quien le recuerde y quien le olvide; quien ensamble las piezas rotas y quien narre el silencio entre las gestas.

Al volver con los demás, encontró a los aldeanos y los héroes condenados reunidos de nuevo, esta vez junto al limonero centenario, donde cada año colgaban cintas rojas pidiendo salud y buen tiempo. Aquella vez, la costurera ciega ató la tela invisible al tronco, y el viento la meció, desplegando cientos de pequeñas campanas que no existían. Por un momento, todos —vivos y muertos— creyeron escuchar el rumor de un río lejano, sagrado, arrastrando las memorias hasta los límites de un mundo que ya no era el de ellos.

El día proclamó su dominio con el canto de los mirlos, y los condenados, uno a uno, se desvanecieron. Quedó Esteban sentado bajo el limonero, con la mirada perdida, incapaz de recordar su nombre, ni por qué los ojos de su madre ya no brillaban al verle. Carmen se retiró a su casa de barro y Mauricio regresó a la taberna, donde todavía quedaban vasos por fregar y cuentas por ajustar. Nadie volvió a mencionar a los héroes condenados, pero al año siguiente, cuando el calor volvió a espesar el aire y las cigarras entonaron su letanía, la aldea entera supo —sin decirlo— que la tierra seguiría exigiendo su tributo.

Porque en Las Lomas, las leyendas no nacen por gloria, sino por necesidad. Y el verdadero milagro, el que nunca contará la costurera ni repetirá Mauricio, es que, tras cada condena, un amor, una esperanza o una canción se filtran entre los escombros de la memoria, abonando la tierra para la próxima generación de héroes y mártires. Así, siglo tras siglo, los héroes condenados seguirán volviendo, y Las Lomas, obstinada, asomada en el filo del recuerdo, persistirá.

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