Portada del relato La biblioteca de las voces que nunca callan
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Fragmento:


Imágenes asaltaron su mente: una Celina niña, perdida en la sección de historia universal, con las medias mojadas por la tormenta. Había tomado aquel libro, todavía nuevo, y se había sentado a leerlo hasta que oscureció, ajena al llamado desesperado de sus padres. Después, lo había devuelto en el último minuto, avergonzada, incapaz de apartarse de sus páginas.

Duración: 09:12

La biblioteca de las voces que nunca callan
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Texto de ajuste de pausa.

Aquella mañana, Celina despertó antes que la ciudad desplegara el manto de sus sonidos. Vivía en el último piso de un edificio antiguo, donde las paredes eran tan gruesas que hasta los suspiros de sus vecinos quedaban encerrados como notas infelices. Se levantó, acompañada por la vibración tibia de una inquietud nueva, y sin desayunar, se vistió sin prisa. El reloj en la cocina parecía moverse hacia atrás, aunque sabía que era sólo su impaciencia la que distorsionaba el tiempo. Había soñado con una biblioteca—una que no se parecía a ninguna de las que había visitado, y en la que todos los libros susurraban su contenido apenas uno cruzaba el umbral.

Se dirigió a la Biblioteca Municipal, el gran monstruo de piedra adornado de jarrones rotos y escaleras desgastadas, que siempre le había parecido demasiado solemne. Esta vez, le inquietaba menos el eco de las pisadas o el modo en que la luz se filtraba a través de los vitrales coloreando el polvo suspendido. A cada paso, sentía que los anaqueles la recibían con una ligera inclinación, y al ingresar al salón de lectura principal, percibió al instante algo fuera de lugar: un murmullo persistente, imperceptible para otros, pero tan claro para ella como si una sinfonía de grillos se escondiera entre las estanterías.

Celina tenía un talento que la castigaba y la bendecía en igual medida. Desde niña, oía las palabras impresas susurradas en voces que no eran del todo humanas. Aprendió a callar pronto, pues sus padres la miraron con horror cuando confesó que las facturas y los periódicos discutían por su atención en la cocina. Pero los libros eran otra cosa: para Celina, tenían timbres profundos, inflexiones sarcásticas, acentos extranjeros. Sin embargo, lo que escuchaba ese día superaba cualquier experiencia anterior.

Al cruzar el pasillo de literatura internacional, los libros callaron de golpe, como si supieran que ella se acercaba. Incluso los bibliotecarios, absortos en catalogar y golpetear teclas sucias, parecían envueltos en la misma quietud. Todo excepto uno: un tomo forrado en cuero verde, con las esquinas deshilachadas y el título apenas visible. Parpadeó, acercó la mano, y sintió un escalofrío: "Aquí", susurró el libro, "por fin regresas".

Celina retrocedió, desconcertada. Nunca antes un libro le había hablado de manera tan personal. La mayoría recitaban sus palabras como fragmentos rotos en una conversación incompleta. Este la esperaba, la reconocía. Sin resistirse al impulso, lo tomó, y en cuanto lo sostuvo, el peso se multiplicó en sus palmas. No era sólo papel, era memoria.

—¿Quién eres?—musitó, temiendo que alguien la escuchara.

—Uno que fue quemado y rescribido, olvidado y rescatado—dijo el libro, la voz ronca de mil llamas—. Me llevaste contigo una vez, ¿recuerdas? Cuando la lluvia no paraba y los paraguas se quedaban vacíos.

Imágenes asaltaron su mente: una Celina niña, perdida en la sección de historia universal, con las medias mojadas por la tormenta. Había tomado aquel libro, todavía nuevo, y se había sentado a leerlo hasta que oscureció, ajena al llamado desesperado de sus padres. Después, lo había devuelto en el último minuto, avergonzada, incapaz de apartarse de sus páginas.

La voz del libro era un puente al pasado, pero ahora sonaba rota, herida. Lo abrió despacio, y la tinta parecía latir bajo la superficie. No se trataba de una historia fija: los párrafos se reordenaban, las palabras cambiaban, como si el contenido buscara reconstruirse al ritmo de sus recuerdos.

—¿Estás herido?—preguntó, sintiéndose absurda por compadecerse de algo que muchos creían inanimado.

—Todos nosotros lo estamos—rezongó el tomo, y en ese momento Celina notó que de los anaqueles emanaban gemidos bajos—. Solo que la mayoría lo oculta hasta que la grieta es irreparable.

Entonces distinguió a una niña de expresión huraña, tal vez de unos once años, observando con atención desde la sala infantil. Aunque nunca la había visto, sus ojos le resultaban inquietantemente familiares. La niña también parecía oír las voces, pues inclinaba la cabeza, como discutiendo en susurros. Antes de que Celina pudiera acercarse, la niña tomó un libro diminuto y huyó hacia una sala lateral.

—Ella también puede escucharnos—dijo el libro verde—. Pero aún no sabe qué hacer.

Ese día, Celina no logró abordar a la misteriosa niña. Sin embargo, regresó durante la semana, y cada vez los libros murmuraban más fuerte, como si las paredes no pudieran contener el bullicio de sus anhelos o temores. Había comenzado a distinguir matices: algunos libros eran chismosos, contando partes de historias que nunca les pertenecieron ("Hay un capítulo secreto en Don Quijote", "Dostoievski robó este párrafo de una carta de amor..."), otros se lamentaban por páginas arrancadas, otros susurraban secretos sólo audibles al anochecer.

Pero la niña no volvía. Empezó entonces una caza sutil, disfrazada de estudio: Celina se pasaba horas hojeando volúmenes infantiles y recomendando títulos al azar a los pequeños, con la esperanza de volver a ver esos ojos. Por las noches, en su apartamento, los libros en los estantes zumbaban con creciente estruendo, impregnando sus sueños con voces que la llamaban a la biblioteca.

Finalmente, la encontró un viernes de lluvia, sentada al fondo de la sala de mapas. La niña hojeaba un viejo atlas, pero parecía más triste que nunca.

—¿Puedo sentarme contigo?—preguntó Celina. La niña asintió, sin apartar los ojos del libro.

—¿Los oyes también?—reconoció Celina, ahora sin rodeos—. A veces son tan persistentes, ¿verdad?

Los labios de la niña temblaron antes de admitirlo:

—No paran ni cuando cierro los ojos.

Celina pensó en la solitaria infancia de ambos: el don de escuchar a quienes nadie más puede oír. La aferró una certeza. Los libros hablantes no eran simplemente rarezas; eran guardianes de secretos, mensajeros de lo no dicho.

—¿Sabes?—dijo Celina—. Podemos ayudarlos. Juntas.

Así comenzó una complicidad silenciosa. Pasaban horas paseando por los pasillos, identificando libros "heridos", aquellos cuyas voces destilaban miedo o pena. Se ocupaban de reparar con cinta adhesiva los lomos partidos, limpiar las manchas de café o devolver páginas extraviadas. Celina le enseñó a la niña—quien finalmente confesó llamarse Sara—que algunos libros necesitaban ser leídos en voz alta para sanar, que los subrayados eran caricias y los garabatos promesas.

Con el tiempo, Sara aprendió a invocar las voces sólo cuando lo deseaba. Juntas, localizaban joyas perdidas: un poemario que nunca había sido prestado desde la muerte de su autora, una guía de botánica que conservaba entre sus páginas una hoja olvidada y cuya voz agradeció hasta quebrárseles el corazón. Por primera vez, Celina sintió que su don era un regalo, un lazo vital entre el mundo de los humanos y el universo de la palabra impresaprendida.

Sin embargo, aún faltaba un misterio por resolver: la voz del libro verde, cada vez más débil. Un día, al tomarlo, apenas si murmuró:

—Pronto no podré recordarte...

Buscando respuestas, Celina y Sara recurrieron a la bibliotecaria más anciana, doña Lorena, una mujer tan arrugada como sabia. Aunque al principio se mostró escéptica, al ver la complicidad entre ambas y el modo en que las manos de Sara temblaban al sostener el libro, las escoltó a una sala privada.

—Este volumen—explicó doña Lorena, acariciando la tapa con respeto—es un superviviente. Hubo un incendio aquí, hace cuarenta y cinco años. Muchos libros se salvaron por milagro, otros... se perdieron para siempre. Pero hay algunos que, dicen, guardaron el eco de las palabras que sobrevivieron. Son libros de transición. Cuidarlos, atesorarlos, significa también mantener viva la memoria de lo que no pudo preservarse.

La anciana se apartó y dejó a ambas solas. Sara, con una seriedad que contradecía su corta edad, inclinó la cabeza:

—¿Cómo podemos ayudarlo?

Celina, guiada por un instinto atávico, comenzó a leer lentamente en voz alta. Sara la imitó, alternando fragmentos, y a medida que avanzaban, las palabras perdieron la rigidez, se hicieron dúctiles, impregnadas de entonación y vida. Las frases, extrañas y profundas, comenzaron a contar historias que no estaban impresas en ninguna página: anhelos de lectores pasados, confesiones jamás pronunciadas, disculpas, risas, promesas. Cada vocal vibraba en la garganta de Celina como si, al decirlas, el pasado se restituyera por un instante.

—Gracias—susurró el libro al cerrar el último capítulo—. Ahora no estoy solo.

La noche envolvió la biblioteca. Sara y Celina salieron juntas bajo los faroles húmedos. Por primera vez en muchos años, Celina no llevó ningún libro prestado a casa; no por olvido, sino porque sabía que las voces nunca se marcharían: habitaban ya su día y su sueño.

Pero cuando Sara se despidió con un abrazo tímido, Celina sintió, más que nunca, el peso dulce de ser guardiana de historias, de atar con el hilo de una voz la fragilidad de las páginas, de sanar con la escucha la herida de la soledad impresa.

Y en algún rincón de la biblioteca, aún —en la frontera precisa donde la realidad y la magia se confunden—, los libros seguían esperando, confiando en que, mientras haya quien escuche, ninguna historia se perderá del todo.

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