A la luz lancinante de una luna mellada, Severen cruzó la llanura, portando un yelmo abollado al cinto y una media capa carmesí ensangrentada que alguna vez fue gala. A sus espaldas, como los ecos de una sinfonía olvidada, emergían desde la bruma los aullidos de los Mastines, bestias que no conocían amo ni compasión y que solo el hambre impulsaba. Huía desde hacía dos noches, igual que lo habían hecho otros antes de él, y como ahora sabía que harían muchos después, si acaso quedaba un mañana.
En la mano desenvainada llevaba la espada Memoria, forjada con runas viejas que desde la noche anterior palpitaban con una febril luz malva cada vez que la desesperación acudía al pecho del guerrero. Caminaba, guiado solo por el instinto, hacia la silueta del Puente Rojo que atravesaba el río Talmor, sostenido no por arcos de piedra sino por los huesos trenzados y endurecidos de antiguos titanes caídos.
La historia que Severen habitaba, sin saberlo, era vieja como el jadeo primero del mundo: la de aquellos que buscan redención por medio del acero, y la de los que venden sus almas por promesas de poder entrelazadas de sangre y sal.
Desde la lejanía, la campana rota de la Torre de Lys despedía un tañido sordo, señalando la medianoche. Era allí, decían, donde moraba la hija perdida de Eredhar, Bruja y Dueña de las Sombras, guardiana de los secretos sellados bajo la montaña. Era a ella a quien Severen debía enfrentar si quería romper la Maldición y salvar aquello que aún quedaba de él.
Severen apenas era más que una sombra. Su barba oscurecida por el polvo y la sangre, los labios resecos y la fiebre martilleando en su sien. Apenas recordaba ya los nombres de sus compañeros - Ralshe el Gigante, cuyas costillas estallaron bajo el garfio de un demonio, o la sacerdotisa Nuolyn cuyo último susurro encendió la hoja de Severen en llamas azules mientras los Mastines devoraban su carne. Solo la promesa a su hija, atrapada tras un vidrio oscuro de pesadillas, animaba la fatiga en sus piernas.
Cuando llegó a la orilla del Talmor, la niebla se arremolinó a sus tobillos. El río cantaba con voces de mujeres y niños ahogados, cada burbuja una plegaria atrapada. Severen no temía a las aguas: ya estaba medio muerto. Pisar el Puente Rojo, sin embargo, era otra clase de horror. Días atrás, en la posada de los tres caminos, le advirtieron: _Si cruzas el Puente de los Titanes sin una promesa de sangre, te perderás entre los ecos de los caídos y tu cuerpo será uno más en la urdimbre_.
Severen colocó la hoja de Memoria sobre la palma de su mano y la deslizó con firmeza. La sangre, densa y oscura, manó y goteó sobre el primer hueso del puente, se mezcló con antiguos fluidos imbuidos de cánticos imposibles, y la estructura susurró su aceptación. Cada paso era un crujido, un temblor que le llenaba la cabeza de gritos de niños, de madres, de soldados caídos en espectros que danzaban al son de la campana de Lys.
Al acercarse al ecuador del puente, la luna se ocultó tras una nube de color sílice y la oscuridad le aulló promesas de descanso. Allí, envuelta en andrajos que rendían tributo tanto a la nobleza como a la indigencia, lo aguardaba la Bruja: Lysada de Eredhar, con los cabellos largos, sucios y tan blancos como la espuma de pesadilla, la piel marcada por tatuajes y cortes rúnicos que dolían a la mirada como una blasfemia.
—Has venido—dijo ella, sin preguntar el nombre, porque para las brujas todo nombre es solo un eslabón en la larga cadena de la culpa—. ¿Sabes lo que buscas, guerrero agotado?
Severen tragó saliva, sintiendo el filo de la palabra tan cortante como su espada.
—La Salvación—dijo él—. O al menos, algo que pueda parecerse.
Ella sonrió, y el gesto fue un alarido en la noche.
—¿Sabes cómo se cura una maldición tejida con carne y memoria, Severen? Se paga con algo más valioso aún. Dime: ¿Traes tu corazón o tu alma para ofrecer a cambio de la redención de tu sangre? Solo uno basta. A veces ni eso nos queda.
En aquel instante, el guerrero vio, detrás de los ojos de la bruja, la extensión de la condena: vio su aldea arder, vio a la niña en el umbral de la casa, atrapada en la jaula invisible de la enfermedad, vio los cuerpos de sus amigos danzando grotescos bajo las llamas eternas del último asedio.
Y entonces, después de mil batallas, Severen sintió miedo verdadero, un terror infantil, hondo y primitivo.
La bruja avanzó, arrastrando sus pies descalzos sobre el hueso húmedo del puente. Los Mastines no cruzaban el agua, temerosos de los fantasmas de los Titanes; sólo el hombre y la mujer estaban allí, rodeados de eco y ruina.
—Me llevaré lo que sea necesario para tejer el nuevo destino de la niña—dijo ella—. Pero antes debo saber si eres digno o sólo uno más que suplica clemencia tras haber rasgado demasiados hilos.
Con un gesto, Lysada conjuró una cortina de fuego frío. Tras el resplandor, surgieron tres figuras: la madre de Severen, su primer maestro y Ralshe, el amigo caído. Cada uno avanzó mostrando el rostro trastocado por reproche y lástima, los ojos devorados por gusanos de sombra.
—¿Qué sacrificarías, Severen? ¿El recuerdo de tu hija por su sanación? ¿Tu habilidad con la espada, por un día más de vida para quien amas? ¿O el último fragmento de humanidad que aún escondes bajo todo ese acero y esa sangre?
Severen cayó de rodillas, mordiendo el hueso del puente con fuerza inhumana. El peso de las preguntas, diciendo más de lo que las palabras jamás pudieron.
Había una verdad. Nadie cura sin perder, nadie salva sin arrojar algo al abismo.
Levantó su mirada, mirando a la bruja de frente, y en sus labios floreció una respuesta nacida de la misma miseria que lo empujaba a continuar. Un susurro,Pero tan feroz como una tempestad de cuchillos:
—Dame la condena. No quiero salvación sin memoria. No quiero victoria sin cicatrices. Toma mi habilidad con la espada, toma el don del combate, y lo entregaré con gusto… si a cambio, mi hija vuelve a cantar, aunque sea solo una vez más.
El rostro de Lysada se suavizó, y por un instante, en sus ojos apareció aquello que Severen menos esperaba: compasión.
La campana de la torre tañó de nuevo, tres veces. El mundo pareció doblarse sobre sí. Un remolino de aire, la memoria de una tormenta. El filo de Memoria chisporroteó, y el guerrero sintió cómo la destreza en su cuerpo se disipaba, cada reflejo pulido a lo largo de décadas se derretía como cera bajo el sol. Severen lloró, aunque no supo si era alivio, dolor o simple cansancio.
—Está hecho—dijo la bruja.
La visión de las figuras desapareció, y la niebla rompió en un coro de gritos ahogados, como si el río supiera que se había sellado un trato irreparable.
—Sigue tu camino, guerrero. Al regreso hallarás la casa en paz. No volverás a blandir acero con destreza; serás incapaz de herir salvo en defensa ajena. Y cada vez que la tentación de la violencia te susurre en el oído, recordarás esta noche y este sacrificio.
Con la sombra de la bruja desdibujándose tras él, Severen emprendió el regreso, titubeante, como el niño cansado que alguna vez fue.
La noche ahora estaba silenciosa. Los Mastines, contenidos al otro lado del río, se desvanecieron entre los sauces, su hambre insatisfecha. El Puente Rojo devolvió su ofrenda, y Severen cruzó a duras penas, apoyándose en su espada inerte, una vara sin brillo, pero digna de portar el recuerdo.
En el umbral de su casa, la niña dormía tranquila. Respiraba acompasada, los sueños limpios, y en su pequeño pecho latía la promesa de un futuro posible.
Severen, exguerrero, se apartó el cabello del rostro, besó la frente de su hija, y supo que su batalla era otra ahora. Una que no precisaba del acero.
Tal vez, pensó mientras desenvainaba Memoria por última vez y la colgaba sobre la puerta, el más grande artefacto mágico jamás forjado no era la espada, sino la voluntad de soltarla.
La campana de Lys repicó al amanecer, y en el eco del último tañido, el mundo, por un instante, pareció sanarse un poco; lo suficiente para que, entre las grietas del horror y la pérdida, floreciera un pétalo de esperanza y ternura.
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