Fragmento:
El último cántico se extinguió con un suspiro ahogado por la tiniebla, y el eco de la plegaria no volvió jamás. En la villa de Dossam, cuando la luna se desangró—roja y rota como un corazón torturado—Gareth supo que ya nadie en el mundo respondía a las oraciones. No era asunto de dioses, no desde hacía siglos. El silencio era obra de hambre, y esa, afirmó el hombre sabio de los pliegues oscuros, era omnipotente y nunca satisfecha.
Duración: 08:39
El último cántico se extinguió con un suspiro ahogado por la tiniebla, y el eco de la plegaria no volvió jamás. En la villa de Dossam, cuando la luna se desangró—roja y rota como un corazón torturado—Gareth supo que ya nadie en el mundo respondía a las oraciones. No era asunto de dioses, no desde hacía siglos. El silencio era obra de hambre, y esa, afirmó el hombre sabio de los pliegues oscuros, era omnipotente y nunca satisfecha.
Gareth deslizó la mano bajo la mesa, acariciando la empuñadura de su cuchillo. El metal estaba helado, como si palpara la eternidad. Delante de él, la posada era una asamblea de sombras brutas y colmillos disimulados, miradas vivas dentro de cuerpos muertos en todo menos en la ansia. Hombres y mujeres, niños viejos y ancianos con la piel de bebés, se arracimaban en el aire podrido del comedor, rellenando sus bocas con lodo y whisky áspero. Él los veía y reconocía: todos aquí sabían lo mismo, pero nadie tenía el coraje de decirlo.
La barda de las historias largas, Merre, era la excepción. Su cabello era una llovizna de bronce arruinado y la expresión de sus labios contaba relatos que solo podrían contarse si no existiera la memoria. Esta noche, ella lo miró a Gareth con esos ojos verdes llenos de malevolencia traviesa, como si ya supiera cuál de los presentes no sobreviviría al amanecer.
“¿Vas a ir entonces?”, susurró cuando la penumbra los envolvió junto a la chimenea sofocada.
Gareth bajó la mirada. “La gruta despierta. Se han llevado a mi hermano.”
“Quizás no lo quieras de vuelta”, replicó Merre. “Quizá está mejor allá abajo. Nadie vuelve igual.”
La cicatriz en la mano de Gareth, la que nunca sanaba, palpitó como una advertencia. Él recordaba lo que decían los ancianos en los resquicios de la fe ya seca: la gruta se cobra piel y alma, y no devuelve nada sin transformar carne en ecos y recuerdos en veneno. Pero también recordaba los gritos de su hermano, la voz que se deshilachaba al ser arrastrado bajo la roca con la promesa de un mordisco mejor, la promesa de dejar de tener hambre.
Dossam fue construida sobre tierra de leyendas y yugos de piedra, pero bajo la aldea se abrió una vez una herida en el valle. La gruta de Ornei, la llaman los que prefieren no verla. Ornei, el dios que fue devorado por sus propios devotos, según las historias viejas. Un hueco en el mundo, donde nada sacia la sed, y nada muere rápido.
Y cuando alguien desaparecía, solo los desesperados iban a buscarlo.
Con un suspiro, Gareth recogió el farol y su cuchillo, rechazando la cortesía de los cirios y las miradas de condolencia. En la puerta de la posada, el viento besó su cara con promesas de huesos y le recordó a su abuelo, la única persona que había sobrevivido un descenso y jamás había hablado del precio pagado. Gareth no pidió oraciones; no quedaban dioses.
La entrada de la gruta era un círculo de piedra negra devorada por los líquenes y la sombra. Si uno acercaba el oído, podía escuchar el escurrirse de palabras aplastadas, como si dentro algo festejara un banquete interminable y solitario. Allí Gareth ajustó el farol, apretó los dientes y descendió.
Al principio solo encontró la húmedad, el sabor a óxido y la presencia aplastante de los que habían venido antes. Luego, se quebró el suelo bajo sus botas y cayó un tramo, hasta aterrizar en una gruta secundaria—oscura, rugosa, condenadamente viva.
Sus pasos resonaban como látigos en los pasillos retorcidos. Aquí y allá, grabados en la roca, encontró símbolos que ningún sacerdote habría reclamado jamás: círculos devorados por espirales, siluetas humanas abiertas de par en par, ojos—tantos ojos, mirando, ciegos pero atentos.
La voz vino después. Un jadeo, primero, como un animal herido, después un murmullo injertado en el propio pensamiento. “Hermano. Hermano. Gareth.”
Vaciló, pero la rabia se sobrepuso al miedo. Siguió adelante, justo donde la caverna descendía en una garganta perversa. Allí, atado por raíces secas y musgo sangrante, encontró a Artem, su hermano menor.
—Gareth… —la voz era hilacha, suave como las promesas de un prestamista—. Ayúdame, hermano. Tengo frío.
Soltándolo, Gareth vio cómo Artem se abrazaba a su pecho, temblando. Pero cuando su mirada se encontró brevemente con los ojos del muchacho, algo en ellos parpadeó con un fulgor rojo-oscuro, una ausencia desolada. Artem era alguien que volvía, pero no el que se había ido.
—¿Qué te han hecho? —susurró Gareth, el cuchillo aún listo, pero el pulso errante entre miedo y ternura.
Artem contestó solo moviendo la cabeza hacia abajo, donde una grieta se extendía en la roca como una boca seca. Voces marchitas surgieron de allí, un zumbido de oraciones deformes. Gareth sintió una presión, como si una garra invisible apretara su cráneo.
Del hueco, una criatura surgió con movimientos de raíz quebrada: todo era boca y ojos, piel grumosa como corteza, y un centelleo húmedo de gestos humanos allá dentro. Su voz no era voz, sino hambre cristalizada.
—Tú vienes a robarme lo que me alimenta —gruñó el ser, mientras el eco de sus palabras hacía sangrar las paredes—. Pero el hambre es ley. Él me pidió dejar de sentir vacío.
Gareth tembló, destilando toda la rabia contenida en un grito: —¡Devuélveme a mi hermano, monstruo!
La criatura se estremeció, exudando recuerdos y secretos. “¿Acaso tú no tienes hambre, Gareth?”, preguntó, como un pensamiento impuesto. “¿No has soñado con comer y nunca saciar la sed, con morder la carne de los tuyos en la niebla de la desesperación?”
Imágenes lo asaltaron: su infancia robando pan, el invierno donde pensó quitarle la vida a otro niño por un mendrugo. La noche en que, de adulto, se alimentó del cuerpo de un enemigo bajo el pacto de silencio de la guerra. El hambre no era del monstruo: era suya, vieja como las raíces del mundo.
—Elijo ser hombre, no bestia —murmuró, y atacó. El cuchillo apenas ralló la piel imposible del ser, que lo envolvió en ramajes de carne y dolor de pasado. Gareth golpeó, y la criatura se rió, un sonido lleno de mordiscos huecos.
Artem se interpuso, sus ojos llorando sangre. —¡Para, Gareth! ¡No lo entiendes! Aquí no existe el fin del hambre, solo cambiar su forma. Yo elegí olvidar el frío, y él me devora poco a poco. Pero si tomo tu sitio… tú podrás salir, solo déjame llevar la sed en tu carne.
Gareth miró a su hermano, y comprendió: ese no era más Artem que la criatura era humana. Se hizo eco de su temor, su necesidad, y recogió la verdad como quien acuna una serpiente. Huiría, sí. Regresaría a la aldea. Pero la caricia del hambre nunca lo abandonaría. Uno u otro tenía que quedarse.
Apuntó el cuchillo a la criatura —o a lo que quedaba de su hermano, no sabría decir— y gritó un nombre olvidado, uno aprendido en la voz de su abuelo muchas lunas atrás. Durante un instante, toda la caverna se iluminó con un pálido reflejo carmesí, sombras desgarradas por una fuerza más vieja que la pena.
El ser aulló, Artem lo imitó, entrelazados en dolor y anhelo. El suelo cedió, y Gareth sintió la caída abrirse de nuevo bajo sus pies, pero esta vez se aferró al hambre, la hizo suya, y la convirtió en una cuerda de ira y voluntad. El farol explotó en luz negra; gargantas gimieron en la distancia, reclamando, perdiendo.
Cuando despertó, la gruta respiraba en silencio y Artem era solo una sombra al pie del abismo. Gareth, cubierto de sangre y musgo seco, sintió la cabeza vibrar con nombres y palabras, todos ellos sabores dulces en la lengua del olvido.
Logró salir al alba, cruzando el umbral de la noche con el cuchillo sucio y el corazón colmado de un hambre que nunca dejaría de serle fiel. Dossam lo recibió con la compasión hueca de los condenados: nadie preguntó, nadie lloró.
Solo Merre se le acercó al alcance de la puerta, y le tendió una copa de whisky.
—¿Lo trajiste de vuelta?
Gareth negó.
—Eso hiciste bien —musitó la barda—. Aquí todos tenemos hambre. Pero abajo, solo hay sed y memoria.
El sol se alzó, derramando luz roja sobre la aldea y la gruta, marcando a Gareth como uno que volvió, pero nunca regresó del todo. Mientras caminaba entre los vivos, con el cuchillo ligero y la cicatriz vibrando, supo que el hambre era su único dios, y que el eco de la gruta nunca lo dejaría en paz.
Y al fondo de la gruta, una nueva silueta se insinuó entre las sombras, arropada en el silencio, alimentando el ciclo con otro nombre, otra promesa, otra oscura canción de hambre perpetua.
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