El invierno siempre llegaba a Marethil sin aviso. Las nieblas bajaban por el Sufre Roto y la ciudad, que era un retrato de tráfago y discordia, se sumergía en un murmullo sordo como latidos lejanos. Esa noche, la nieve llegó a deshora, cubriendo los tejados góticos con un manto pálido, silencioso, como si la propia luna hubiera caído, polvorienta, sobre la metrópoli.
En los márgenes del Barrio del Bronce, donde las sombras eran más gruesas que el acero, una figura caminaba envuelta en una capa, y cada paso que daba despertaba trabajosamente los ecos adormilados de una culpa antigua. Su nombre era Liaser, y antes de la caída, donde ahora sólo había oscuridad, existió una puerta abierta a maravillas. Su talento, si le preguntabas, era la memoria.
Sólo que ya no confiaba en ningún recuerdo.
En el corazón sombrío de Marethil, los magos, antaño venerados, se ocultaban. No por miedo a la multitud de la ciudad —sagaz, cruel y propensa a la denuncia—, sino porque el verdadero peligro estaba entre ellos mismos. Todo comenzó la noche del eclipse. Algunos aseguran que nunca hubo uno —que el sol, capturado a medias por la luna, no es un prodigio, sino la mirada tuerta de los dioses antiguos—. Pero esa noche pasó algo. El Círculo del Humo, la sociedad oculta de los magos de Marethil, fue traicionada en el mismo instante en que la luna cubrió al sol hasta volverlo ceniza.
Hasta entonces, Marethil había tolerado la magia. No con alegría, pero con un rencor resignado. Los magos mantenían a raya a los señores de los bajos fondos, sanaban plagas, tallaban chimeneas de viento en las casas más viejas y negociaban con los fantasmas de las murallas. Pero las leyes del Círculo eran férreas: nada de milagros sin testigos, y ningún poder sobre la carne viva.
Cuando Liaser llegó a la Casa del Reloj, supo que algo irremisible había sucedido. El antiguo reloj, cuyo tic-tac marcaba la frontera entre el mundo de los magos y el de los hombres, no sonaba. Olía a ceniza, a alquitrán seco y a miedo.
—Has vuelto, entonces —susurró una voz, rota y suave, desde la oscuridad del pasillo.
Liaser reconoció a Iruviel, su antigua amiga, ahora convertida en un espectro flaco, los ojos enrojecidos por noches sin dormir. Ella mantenía la casa con firmeza, cerrando celdas y pasillos igual que una capitana en barco en plena tormenta.
—He visto las señales —musitó Liaser—. Las manos, las bocas selladas. Nadie habla, pero todos esperan.
Ella asintió, tanteando en su manga hasta sacar una pequeña ampolla negra.
—Cinco han muerto esta semana. Y otros… Han desaparecido, Liaser. No se fueron, los borraron de la ciudad.
Él no preguntó, pero ella le miró como sólo miran aquellos que llevan la verdad como una herida abierta.
—Durante el eclipse, las runas de guardia fallaron. Y alguien abrió la Puerta Más Baja. Algo cruzó. No sabemos qué, pero desde entonces, alguien empieza a hablar de “El Traidor”.
Liaser deslizó la mirada a la gran escalera que serpenteaba en el centro de la Casa del Reloj; recordaba las voces, los libros, los juegos de los aprendices. Ahora, sólo quedaba un susurro de viento y un eco de presencia.
—¿Acaso el traidor es uno de los nuestros?
—¿Sería eso tan extraño, después de todo? —replicó Iruviel, girando la ampolla entre los dedos. Dentro, un remolino oscuro parecía abrazar la luz—. Quizá la mejor traición es la que sólo podían cometer los que estaban tan cerca de nosotros.
Liaser no respondió. Bajó la escalera, escuchando los sonidos amortiguados, y detuvo su marcha ante la sala circular donde solía reunirse el Círculo. Las sillas seguían allí. Había nueve, vacías, su respaldo modelado en madera negra, cada una con una letra de un idioma perdido. Sobre la mesa, una mancha oscura, reciente, que no era cera ni tinta.
Recordó, como relámpago, el día en que celebraron su primera invocación. Los rostros serios, las voces jóvenes, las esperanzas. Entonces, el poder era promesa, y las promesas se podían honrar.
Ahora, del Círculo, quedaban seis. Y uno era el Traidor.
Iruviel entró tras él, cerrando la puerta con sigilo.
—Tenemos la opción de escondernos o de pelear. A la ciudad no le interesa quién o porqué. Saben de los asesinatos. Saben que somos menos cada noche. El miedo se huele.
—¿Y los rumores?
—Alguien fue visto en las catacumbas de la muralla norte. Alguien con la marca rota.
En cada mago, una pequeña cicatriz, el resabio de un ritual, custodiaba el corazón. Era la marca del Círculo: una garantía de lealtad y también una jaula. Sólo los magos renegados —traidores— la rompían. Y al hacerlo, algo antiguo se despertaba.
Liaser sintió el frío del miedo deslizarse por su columna.
—¿Quién sabe dónde encontrarlo?
Iruviel vaciló y le entregó la ampolla.
—La memoria recordada a la fuerza —dijo con amargura—. Uno de los muertos, Orrun, dejó esto. Dentro hay un fragmento de su última hora, envuelto por algo… otro. Puedes beberlo, si tienes valor.
Las reglas del Círculo prohibían el uso de memoria líquida: lo que veías y sentías te podía devorar, dejarte compartido con los terrores de otro. Pero era el único sendero.
Sin más palabras, Liaser rompió el sello de la ampolla, llevó el borde a sus labios y tragó.
Fue arrojado primero a la oscuridad. Sintió, detrás de los ojos, la vibración de una campana que nadie toca ya. Luego, el aliento de Orrun —su miedo, su desesperación. Vio como una figura encapuchada descendía al sótano subterráneo de la muralla, portando un grimorio y un cuchillo tallado en hueso negro.
Orrun estaba tras él, espiando. El encapuchado pronunció palabras en una lengua de olvido. La marca rota relucía en su muñeca: un círculo partido por la mitad, supurando una luz enfermiza. Un nombre, disuelto en susurro, emergió de la memoria, nítido y cruel: “Astolan”.
La visión se quebró en un vórtice de dolor.
Liaser cayó de rodillas, aullando por la herida invisible. Iruviel corrió a sostenerle, rocío salado en las mejillas.
—Lo viste —susurró ella, sabiendo de antemano la respuesta.
Astolan. Su mentor. El hombre al que había llamado hermano, y que ahora había cruzado la línea prohibida.
No era traición por ambición. Era miedo. Miedo a morir, a decaer, a desaparecer. La ciudad de Marethil devoraba a los magos uno a uno, y Astolan había buscado en la oscuridad el tipo de poder que ya no protegía, sino que consumía.
Liaser, en mitad de la angustia, supo lo que debía hacer.
—Tenemos que encontrarlo.
—No podemos enfrentarle solos. No con los pocos que quedan —replicó Iruviel.
—Entonces buscaremos aliados fuera del Círculo.
La idea era peligrosa. Los antiguos enemigos del Círculo —las brujas del Sien del Este, los fabricantes de golem, incluso las casas de ladrones— siempre fingían respeto, pero nunca amistad.
Pero Iruviel asintió. La desesperación era la argamasa de pactos imposibles.
Abandonaron la Casa del Reloj esa misma noche. En los barrios bajos, entre ventorrillos de ajenjo y humo, buscaron a la Dama Gris, una bruja apartada, reputada por pactar sin lealtad y exigir pagos en secretos y sangre. Ella escuchó su petición mientras su sombra crecía en la luz de una hoguera.
—Astolan traicionó por amor a su propio miedo —sentenció la Dama Gris, su voz tan honda como la nieve centenaria—. Pero ya no le pertenece. Algo lo posee, y sabed esto: al cazador se le caza, pero el que consume la traición, se convierte él mismo en sombra.
Liaser escuchó sin parpadear. Sabía que la bruja podía mentir con la misma destreza que respiraba, pero prefería una verdad peligrosamente cercana a la mentira que un silencio absoluto.
—Tendréis mi ayuda —concedió la bruja—. Pero la traición pide un precio nuevo: si sobrevivís, uno de vosotros tomará mi marca.
Liaser apenas vaciló antes de aceptar. El miedo y la determinación pueden parecer gemelos en la penumbra.
Con la bruja a su lado y la promesa colgando como un hierro al rojo, siguieron las pistas de Astolan. Descendieron a las galerías bajo la muralla norte, donde la propia piedra sudaba moho y sombra. Allí las runas descompuestas chisporroteaban al contacto con la magia residual. Todo era frío, y cada paso era más pesado que el anterior.
Al final del pasaje, Liaser vio la figura de Astolan, encorvada, su marca rota irradiando luz enfermiza. Pero no estaba solo. A su alrededor, fragmentos de otros magos —rostros, manos, trozos de memoria arrancados a fuerza de magia— flotaban como peces de aguas profundas, espectrales y feroces.
La voz de Astolan era irreconocible, múltiple y quebrada.
—¿Has venido a matarme? ¿O a liberarme?
Liaser sintió el filo de la traición, la propia en cada palabra no dicha.
—He venido a recordar quién fuiste.
La sombra poseedora silbó, burlona.
—No hay memoria para los condenados —dijo, y extendió una mano de dedos imposibles.
Pero Iruviel, rápida como una daga, arrojó la ampolla vacía contra el círculo de luz, y la Dama Gris entonó una palabra prohibida. El círculo explotó en luz y hollín.
Astolan, por un instante, volvió a ser humano. Sus ojos reconocieron a Liaser, y un hálito de dolor, gratitud y remordimiento cruzó entre ellos. En ese breve destello, Liaser invocó la última promesa del Círculo y dejó que el recuerdo les anclara juntos un instante más.
La sombra chilló, buscando nuevos cuerpos; pero la bruja la atrapó en un sello de fuego, el precio marcado con sangre.
Astolan cayó de rodillas, exhausto. Moriría, lo sabían todos, antes de que el alba bañara Marethil. Pero en la última mirada, Liaser supo que el miedo y el ansia de poder siempre volverían a tentar a los magos.
Y mientras la niebla se alzaba otra vez, y el eclipse era ya sólo un recuerdo, Marethil aprendió que la traición nunca es cosa de uno solo—siempre clava sus dientes en todos.
Cuando salieron de la galería, palpitando el precio y la herida, Liaser miró a Iruviel y la Dama Gris, y supo que, quebrados, al menos seguían siendo dueños de sus propios recuerdos.
Incluso si la oscuridad sólo espera una próxima traición en la ciudad de la niebla.
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